La víspera de la inauguración de su exposición en el Guggenheim Bilbao, este jueves 8 de octubre, Steve McQueen se reunió en el museo para charlar con las guías que presentarán su trabajo a grupos de visitantes y escolares, de modo que estas pudieran entender de primera mano sus intenciones. El proyecto, que se titula 66 76 26 y permanecerá abierto hasta el 21 de febrero de 2027, consiste en una instalación sonora que aúna dos de las grandes voces del siglo XX, las de Nina Simone y David Bowie. Despojados de toda instrumentación, ambos cantan a capela Wild Is The Wind, una canción compuesta originalmente para la película de 1957 Viento salvaje que ha acompañado a McQueen durante más de tres décadas.

El creador y cineasta británico presenta ‘66 76 26’ en el Guggenheim Bilbao, una instalación sonora sobre el anhelo, la meditación y el espacio que superpone las voces de Nina Simone y David Bowie cantando ‘Wild Is The Wind’
La víspera de la inauguración de su exposición en el Guggenheim Bilbao, este jueves 8 de octubre, Steve McQueen se reunió en el museo para charlar con las guías que presentarán su trabajo a grupos de visitantes y escolares, de modo que estas pudieran entender de primera mano sus intenciones. El proyecto, que se titula 66 76 26 y permanecerá abierto hasta el 21 de febrero de 2027, consiste en una instalación sonora que aúna dos de las grandes voces del siglo XX, las de Nina Simone y David Bowie. Despojados de toda instrumentación, ambos cantan a capela Wild Is The Wind, una canción compuesta originalmente para la película de 1957 Viento salvaje que ha acompañado a McQueen durante más de tres décadas.
En una sala oscura y desnuda, solo tenuemente iluminada por unos focos, Simone arranca a cantar con su timbre penetrante y Bowie la sigue replicando el mismo verso, de manera que se va encadenando una suerte de diálogo en el que el eco de sus voces acaba por entrelazarse. Al terminar la vuelta del bucle, de unos 11 minutos, el artista convoca a su alrededor a las profesionales y les insta a lanzarle sus dudas y comentarios. Habla de distancia, de aire, de ritmo, de silencio. De meditación. “Es una obra invisible, pero está presente”, subraya sobre la cualidad escultórica que adquiere la experiencia del sonido en el espacio. “Y es casi como un réquiem de amor: hay un anhelo”.

Poco después, el artista plástico y cineasta británico —la única persona del mundo que ha ganado los premios Turner (el galardón más importante del arte contemporáneo británico) y Oscar— se sienta en una sala de archivo del museo bilbaíno a charlar sobre esta pieza y su trabajo en un sentido extenso, una trayectoria que abarca desde videoinstalaciones y obras de imágenes en movimiento a largometrajes como Shame (2011) y la aclamada 12 años de esclavitud (2013), ganadora de tres Oscar.“Ahora mismo estoy trabajando en un par de películas y alguna obra de arte”, desvela. “Siempre estoy trabajando. Ahora mismo lo estoy haciendo”.
McQueen (Londres, 57 años) viste de negro de los pies a la cabeza, cubierta en este día lluvioso por una gorra de béisbol, y luce gafas de pasta transparente. Aún es pronto por la mañana y pide un café. No hace concesiones y, si una pregunta se le atraviesa, lo da a notar con sus gestos. “La idea es coger la grabación de Nina del 66 y la grabación de Bowie del 76 y traerlas al presente, a 2026”, explica, despejando la clave numérica del título de su instalación. “Es una obra muy emotiva, porque ambos cantan sobre el amor. Pero hay una cierta tristeza en cómo se comunica”.
Entre todas las capas de interpretación que podrían extraerse de la obra, McQueen dirige la atención a esa. Dos estrellas del pop devenidas iconos generacionales —“casi superhumanos”—, que elevan sus voces para hablar de deseo y de vulnerabilidad, amplificando el mensaje de que “el amor implica la posibilidad de acabar herido”. Una carga emocional a la que, además, se suma la dimensión del tiempo transcurrido entre las grabaciones de los músicos y el presente. “Vivimos en una época en la que se habla de la IA, se habla del factor miedo —porque hay mucho miedo a nuestro alrededor ahora mismo, con el auge del fascismo en Occidente—, y para mí, lo interesante en este momento es la idea del amor”, detalla. “No quiero que suene romántico o kitsch, pero al final se vuelve fundamental. Es lo único por lo que merece la pena vivir y morir”.

La década de los años sesenta, cuando Nina Simone grabó su versión de Wild Is The Wind, fue también una época marcada por la agitación social, canalizada en EE UU por el movimiento por los derechos civiles. El racismo, el colonialismo, la protesta y la resistencia constituyen algunas de las grandes preocupaciones de McQueen, reflejadas en películas como su más reciente Blitz (2024) o la antología de filmes sobre la inmigración antillana en Londres Small Axe (2020), así como en este 66 76 26 que evoca en paralelo la “fluidez” de dos cantantes que, “cuando eran femeninos, eran ultrafemeninos, y cuando eran masculinos, eran ultramasculinos”.
Podrían darse otras lecturas de la pieza con relación a sus trabajos anteriores, si bien McQueen no se muestra del todo de acuerdo con ciertas apreciaciones que se le plantean. Por ejemplo, en su documental de 2023, Occupied City, conjugaba imágenes modernas de calles y edificios de la ciudad de Ámsterdam con una narración que daba cuenta de lo que ocurrió en esos mismos lugares bajo la ocupación nazi, un choque entre significante y significado que podría tener cierto paralelismo en la contraposición de las voces de Bowie y Simone. “Tú eres periodista y puedes pensar en ese tipo de ejemplos”, responde, “pero creo que en la idea de lo masculino y lo femenino, de la búsqueda, de la intención de comunicar, Simone y Bowie eran muy similares”.
Nacido en Reino Unido de padres originarios de Granada y Trinidad y Tobago, McQueen se graduó en Bellas Artes en 1993 por la Universidad de Goldsmiths en la misma época en la que despuntaba la provocadora y mediática generación de los Young British Artists, con una aproximación muy diferente al arte de la de McQueen. “Soy un perfeccionista, no es ningún crimen: es lo que aprendí en la escuela de arte”, dice él sobre la elegancia clásica que desprenden sus proyectos. Después de su primera etapa como artista, presentó su primer largometraje, Hunger, en 2008. “El arte es como la poesía, mientras que el cine es como la novela”, reflexiona sobre su doble vocación. “Todo el mundo ha leído el libro, pero no todo el mundo está interesado en la poesía. De ese modo, el arte contemporáneo se convierte en algo más exclusivo, mientras que el cine es por su naturaleza algo más común”.
Como creador eminentemente audiovisual, sorprende encontrarse frente a una obra de Steve McQueen donde no se muestra ninguna imagen. Hay algún precedente, como su instalación de 2024 Bass, concentrada en la luz y el color. “Se trata de quitar la instrumentación, la música, para hacer algo nuevo. Es como dos piedras que hacen fuego”, apunta sobre su propuesta en el Guggenheim. “Lo importante es el efecto que produce la pieza. No es solo la mecánica, sino lo que puede hacer”, recalca. ¿Se refiere a la alquimia de crear un original a partir de algo preexistente? “Eso no es algo nuevo, eso es Duchamp, eso no tiene ningún interés”, resuelve, poco interesado en el debate sobre si la inteligencia artificial será capaz de asumir esas competencias hasta ahora humanas. “Somos nosotros los que programamos las máquinas, nosotros estamos detrás”, zanja. “Es como reinventar lo que ya está inventado”.
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