Los palacios españoles se caen: cuando la nobleza ya no obliga

El pasado 1 de septiembre, la villa soriana de Almazán (5.693 habitantes) se despertó con un pedacito menos de su historia. El palacio de los Hurtado de Mendoza se vino parcialmente abajo. Veinte días después volvió a colapsar, motivando una intervención de urgencia. El derrumbe de parte de la fachada, la galería y el tejado ha desnudado las estancias interiores del edificio gótico del siglo XV en el que llegaron a residir temporalmente los Reyes Católicos. No es lo único que ha dejado a la intemperie. El caso obliga a revisar un viejo fenómeno de destrucción que ahora regresa al primer plano.

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Aspecto de la fachada del palacio de los Villagómez, en Villagómez La 
Nueva (Valladolid).Palacio de los Condestables, Casalarreina (La Rioja).Escudos de la familia Villagómez, uno de los últimos elementos que se 
han conservado en Villagómez la Nueva (Valladolid).Dibujo del Palacio de Valsaín en plenitud. El abandono, la despoblación y la falta de recursos amenazan un patrimonio de cinco siglos, mientras sigue en el aire quién asume la responsabilidad de conservarlo  

El pasado 1 de septiembre, la villa soriana de Almazán (5.693 habitantes) se despertó con un pedacito menos de su historia. El palacio de los Hurtado de Mendoza se vino parcialmente abajo. Veinte días después volvió a colapsar, motivando una intervención de urgencia. El derrumbe de parte de la fachada, la galería y el tejado ha desnudado las estancias interiores del edificio gótico del siglo XV en el que llegaron a residir temporalmente los Reyes Católicos. No es lo único que ha dejado a la intemperie. El caso obliga a revisar un viejo fenómeno de destrucción que ahora regresa al primer plano.

“No han sido pocos los palacios y casas blasonadas que se han ido arruinando tras deshabitarse, arrendados o vendidos para ser destinados a usos poco acordes con su dignidad histórica”, afirma María José Martínez Ruiz. La profesora de Historia del Arte en la Universidad de Valladolid apunta a “un triste proceso” iniciado en el siglo XIX, con una dañina réplica en el XX: “Muchos de los males que el arquitecto Chueca Goitia analizó en 1977 eran los propios de la dictadura y el desarrollismo”.

Ese viejo proceso de ruina vive ahora una nueva juventud a causa del abandono, la despoblación o la falta de recursos. Como consecuencia, cientos de aquellas casas históricas, buena parte de ellas forjadas durante el esplendor de la nobleza en los siglos XV y XVI, se enfrentan a su desaparición definitiva. La asociación Hispania Nostra recoge 123 de estas construcciones en su Lista Roja, que reúne ejemplos muy graves de deterioro denunciados por los ciudadanos.

Mapa del símbolo

La profesora Martínez Ruiz ha investigado, por su parte, el origen de la decadencia de un centenar de edificios por todo el país, viajando en el tiempo al origen del problema. Mientras la sede de la monarquía española fue itinerante, los nobles levantaron sus residencias allí donde se instalaban los reyes. “El establecimiento definitivo de la Corte en Madrid supuso el primer paso hacia el declive de ciertos inmuebles en toda la geografía española, abandonados por las familias propietarias”, precisa.

Aquellas casas que la nobleza había construido para visibilizar su prestigio y gestionar sus propiedades acabaron destinándose a los usos más insospechados. “Se transformaron en carboneras, fincas agropecuarias, almacenes…”, enumera la historiadora.

Entonces tomó el relevo un fenómeno aún más doloroso. “Los marchantes y agentes de antigüedades nacionales e internacionales se lanzaron como moscas a la miel en torno a palacios y herederos de antiguas casonas nobiliarias para hacerse con sus tesoros”, revela Martínez Ruiz, una de las máximas autoridades en la investigación del expolio en España.

No es solo que los inmuebles fueran vendidos para extraer sus obras de arte y obtener réditos en el mercado de las antigüedades. Es que fueron literalmente desguazados, “liquidados como cantera de materiales”, precisa la experta. Se refiere a elementos constructivos como techumbres de madera, puertas, rejas, portadas, ventanas, escaleras o balcones.

Así ocurrió en numerosas ocasiones. Martínez Ruiz destaca el caso del palacio de Torrijos (Toledo), donde “nada queda” después de que la venta de sus materiales llegase incluso a promocionarse en una revista de la época. En Curiel de Duero (Valladolid), la subasta pública de los elementos más cotizados de una casa histórica de estilo mudéjar fue impulsada a través de la prensa local.

Hoy, el enemigo ya no es la venta o el expolio. “Cuando la gente se va, es difícil que los edificios se mantengan”, reflexiona el arquitecto Fernando Cobos, especialista en la recuperación de construcciones históricas. Y lamenta que cientos de antiguas casas de la nobleza se encuentren actualmente en peligro a causa de la despoblación. Algunas de ellas, en una situación especialmente vulnerable.

“En Tierra de Campos, los edificios eran lujosos, pero se construían con adobe”. Cobos habla de una comarca que comparten cuatro provincias de Castilla y León, donde la falta de mantenimiento resulta letal por más que sus construcciones lleven 500 años en pie. “Cuando pierden el tejado, el agua hace mucho daño en el tapial de tierra”, precisa.

Así ocurre en Villagómez la Nueva (Valladolid), un pueblo de apenas 50 habitantes que observa cómo se consume su palacio del siglo XV. “Queda todavía algo de la portada, que se va degradando muy rápidamente, y los muros de adobe, que vas viendo cómo se caen”, describe la alcaldesa, Laura Fernández, testigo desde niña de la descomposición de una estructura donde apenas se pueden identificar ya los escudos de sus fundadores, los Villagómez.

Salvar el inmueble, consolidar sus ruinas, aún es posible y la propiedad está dispuesta a cederlo. Sin embargo, la alcaldesa duda: “Si consigo que este patrimonio sea para el pueblo, lo que le estoy dejando es un problema”.

Laura Fernández, arquitecta de profesión, desconoce si quien le suceda en el cargo tendrá la misma sensibilidad que ella hacia la construcción. “Debería encargarse una institución como la Diputación de Valladolid, no ya porque tenga la capacidad, sino para darle continuidad al proyecto a largo plazo que requiere su conservación”, sostiene.

La regidora apunta a la falta de recursos que impide a los ayuntamientos garantizar el buen estado de su patrimonio, tengan 50 vecinos o 1.000. Como ocurre en Casalarreina (1.119 habitantes), donde anhelan recuperar el Palacio de los Condestables (siglo XVI), residencia de la poderosa familia Fernández de Velasco, hoy semirruinoso.

“Se trata del edificio civil más antiguo del municipio, tiene un alto valor emocional para toda La Rioja Alta”. El alcalde, Félix Caperos, aguarda con paciencia la oportunidad para adquirirlo, aunque tampoco esconde su recelo: “No podemos hipotecar el presente por un edificio que nos puede llevar, también a nosotros, a la ruina”.

Cuando Caperos era niño, la mansión pertenecía a varias familias. Una carpintería y una bodega fueron los últimos síntomas de actividad. Después se quedó vacía. En 2007, un grupo empresarial puso de acuerdo a los propietarios y la compró, con la intención de transformarla en hotel. Pero la incipiente crisis económica y el derrumbe de una de las fachadas paralizaron el proyecto.

Caperos, que acababa de acceder a la alcaldía, inició entonces una larga batalla, llegó a recurrir al Gobierno de La Rioja, para exigir a la empresa medidas de conservación. “Conseguimos que apuntalaran los muros y le pusieran una cubierta, después de amenazarles la comunidad con una querella penal”, relata el regidor.

Durante estas dos décadas, el proyecto para el Palacio de los Condestables ha ido cambiando sin que, en realidad, se moviera una sola piedra. “Todo era mentira, nos han engañado como a conejos”, se sincera Caperos. Ante la última idea, la construcción de pisos turísticos, el alcalde se resigna: “Cualquier cosa antes de que el edificio se caiga”.

“La arquitectura civil es la gran olvidada de los pueblos”, sostiene el arquitecto Alberto Sánchez, basándose en una evidencia: la mayor parte de las casas palacio españolas no son bienes de interés cultural (BIC). Este desinterés no es nuevo. “En Reino Unido, la casa originaria tiene una devoción muy grande entre la nobleza, y deshacerse de ella es como una deshonra”, explica Sánchez. Mientras, “los grandes linajes españoles se han desprendido de ellas”.

El arquitecto lamenta cómo lujosas construcciones históricas pagan hoy las consecuencias en territorios que conoce bien, como Aragón o Castilla-La Mancha. Es el caso del palacio del Virrey de Manila, en Molina de Aragón (Guadalajara), o el de los marqueses de Villa Antonia, en Calatayud (Zaragoza), ambos en muy mal estado.

Para demostrar que “se puede rescatar este patrimonio y convertirlo en motor económico”, el arquitecto adquirió una de estas viviendas en su pueblo natal de Used (Zaragoza, 250 habitantes) para restaurarla. Un ejemplo que parece, por ahora, solo una prédica en el desierto.

Sánchez denuncia que “cuando se cae una teja o un trozo de fachada, se opta por la demolición”. Y añade: “La Diputación de Zaragoza ofrece ayudas para demoler, pero no para conservar”.

Aunque si, contradiciendo el refrán, la nobleza ya no se obliga a dignificar su condición, parece que la realeza tampoco. La prueba más palpable se encuentra en Segovia, a unos cinco kilómetros de La Granja de San Ildefonso: “Llega a nuestros días de una manera absolutamente lamentable, totalmente expoliado”. El arquitecto Pablo Gárate se refiere al edificio protagonista de su tesis doctoral: el Palacio de Valsaín.

Gárate subraya cómo en el siglo XVI el monarca Felipe II transformó este complejo renacentista en el laboratorio de sus viajes y pasiones personales. En Valsaín ensayó las galerías acristaladas que había visto en Inglaterra, un paseo elevado de tradición hispanomusulmana para recorrer el edificio desde arriba o las cubiertas empinadas de pizarra, características de Flandes, para combatir la nieve.

“El rey fue muy feliz allí, primero con Isabel de Valois, luego con Ana de Austria”, relata Gárate. En cambio, los herederos del monarca, Felipe III y Felipe IV, se despreocuparon del enclave. Finalmente, Carlos II “organizó una fiesta en la que hubo un incendio y se quemó gran parte, sobre todo las cubiertas”, detalla el arquitecto.

Al llegar, los Borbones se fijaron en La Granja de San Ildefonso y abandonaron Valsaín a su suerte. El edificio, ya en declive, pasó de la familia real a manos particulares. El abandono parecía ya irreversible.

Actualmente, la construcción está semienterrada. “Solo queda el pórtico principal, la entrada al patio de caballerizas y la torre nueva, la última que se levantó”, describe el investigador. En el entorno sobreviven “unas chabolas de chapa absolutamente indignas que tapan, prácticamente, todo el palacio”.

Cuando Pablo Gárate observa las ruinas, la impresión es devastadora: “Siento una tristeza increíble ante el poco respeto que se le tiene en este país a todo lo que se llama cultura”.

Pese a casos tan demoledores como el de Valsaín, alternativas como la consolidación, la restauración o la búsqueda de nuevos usos todavía son viables para cientos de construcciones. “Debemos hacer todo lo posible por proteger y mantener aquello que nos representa”, sostiene la profesora Martínez Ruiz. Y cuando no resulte factible, tal y como apunta Fernando Cobos, aún existe una tarea pendiente: “Al menos, que quede la memoria de que una vez existimos”.

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