La poesía, un arma de construcción masiva

La poesía es un arma cargada de futuro, escribió el poeta Celaya, un verso con el que ha pasado a la historia. Realmente, Celaya eran dos: Amparitxu y Gabriel; siempre iban juntos los dos, desde que el sol se colgaba en el geranio de la terraza hasta la última copa compartida en la madrugada de Oliver. Juntos iban a comprar la escarola al mercado, a echar una carta al buzón, a sacar una fe de vida en el juzgado, a dar una vuelta a la manzana, paseando unidos un perro inexistente. El poeta Celaya tenía un cuerpo vasco, desbordado por arriba, los ojos de un azul báltico, con una ráfaga blanca en la melena, y proyectaba a su lado una sombra femenina, como un bastón de ciego, en forma de Amparitxu Gastón. No estaban casados, pero durante 35 años habían pasado por un matrimonio modelo. Se gritaban, se amaban, bebían, se emborrachaban, se odiaban, se admiraban. El poeta Celaya era vástago de un gran industrial donostiarra cuya empresa fabricaba vagones cisterna.

Seguir leyendo

 El poeta Gabriel Celaya fue una rara avis: un ingeniero e hijo de industriales que escribía versos, abogaba por los obreros a su cargo y éstos le querían  

La poesía es un arma cargada de futuro, escribió el poeta Celaya, un verso con el que ha pasado a la historia. Realmente, Celaya eran dos: Amparitxu y Gabriel; siempre iban juntos los dos, desde que el sol se colgaba en el geranio de la terraza hasta la última copa compartida en la madrugada de Oliver. Juntos iban a comprar la escarola al mercado, a echar una carta al buzón, a sacar una fe de vida en el juzgado, a dar una vuelta a la manzana, paseando unidos un perro inexistente. El poeta Celaya tenía un cuerpo vasco, desbordado por arriba, los ojos de un azul báltico, con una ráfaga blanca en la melena, y proyectaba a su lado una sombra femenina, como un bastón de ciego, en forma de Amparitxu Gastón. No estaban casados, pero durante 35 años habían pasado por un matrimonio modelo. Se gritaban, se amaban, bebían, se emborrachaban, se odiaban, se admiraban. El poeta Celaya era vástago de un gran industrial donostiarra cuya empresa fabricaba vagones cisterna.

“Cuando en 1927 terminé el bachillerato, mi padre me dijo: ‘O te haces ingeniero o trabajas en la fábrica mañana mismo’. Eso me horrorizó. Vine a estudiar a Madrid. Y como mi padre era liberal me metió en la Residencia de Estudiantes de la calle del Pinar. Aquello fue decisivo. Allí, al principio, te daban una habitación doble. La que yo ocupé con Orbaneja Aragón, primo de José Antonio, estaba en la planta baja, en el primer pabellón. Realmente era un pasillo, porque por allí entraban saltando los que llegaban tarde y se encontraban con la puerta cerrada. Cuando llegué a la Residencia corrían leyendas. Esa misma habitación la habían ocupado alternativamente Lorca con Dalí y, luego, Dalí con Buñuel. Se decía, por ejemplo, que cuando Lorca y Dalí vivían juntos se peleaban todos los días y pasaban tiempo sin dirigirse la palabra, hasta el punto de que llenaban el cuarto de arena y hacían caminitos individuales desde la puerta a la cama, desde la cama al lavabo, y ponían macetas con flores en los bordes y en el cruce para andar sin rozarse ni hablarse. Había allí una sociedad de cursos y conferencias con un carácter muy aristocrático. Un día incluso vino el rey. El conserje gritó: ‘¡Que viene el rey!’. Y Buñuel, que se estaba afeitando en su habitación, salió al patio en pelota, con la cara enjabonada, y se puso un sombrero para poder saludar. Acabé la carrera de ingeniero en 1935. Entonces, el director de la escuela, que se llamaba Artigas, nos reunió a los veinte ingenieritos de la promoción, guapitos, señoritos y listísimos, y nos colocó este pequeño sermón: ‘Para que ustedes se den cuenta de la importancia social que tiene el ser ingeniero, solo les voy a recordar una cosa. En las obras de los hermanos Quintero el galán siempre es ingeniero industrial’. El hombre lo dijo totalmente en serio. Y, además, es verdad».

Al volver a San Sebastián, en 1935, Celaya confiesa que se sintió perdido. Escribió su primer libro y lo mandó a un concurso. En julio de 1936, cinco días antes de que comenzara la guerra, le concedieron el Premio Bécquer. Y se vino otra vez a Madrid con un enchufe para trabajar en el diario El Sol y vivir como escritor. “Pero ya sabes lo que pasó. Con la guerra me presenté de gudari en Bilbao y en seguida me hicieron capitán. Iba yo con un traje de pana negro reluciente y tenía un caballo con el que pasaba revista a los nidos de ametralladoras instalados en el monte Gorbea”.

Pero desde el sofá se levanta la voz de la conciencia, que es la voz de Amparitxu, que le grita: “Eras un señorito de mierda y comías cordero en plena guerra, mientras yo no tenía ni garbanzos y mi pobre padre estaba en un batallón disciplinario”.

“Yo me llamo Rafael Gabriel Múgica Celaya. Un día, el consejo de administración de la fábrica se reunió y me dijo: ‘Como usted comprenderá, esto de que un ingeniero gerente publique versos desacredita a la empresa y puede crearnos muy mal nombre ante los bancos. Le agradeceremos que en adelante firme con seudónimo’. Y empecé a firmar Gabriel Celaya. Y con este nombre escribí la novela Los buenos negocios, donde contaba toda la historia de la fábrica. Ellos montaron en cólera, me echaron y el sueldo se lo dieron a mi primera mujer”.

Gabriel Celaya era esa clase de patrono que en un rapto de inspiración podía decir que sus obreros le querían mucho. Pero en seguida se mordía la lengua. El catecismo comunista prohibía terminantemente que los trabajadores amaran a los empresarios. En realidad, los obreros de la fábrica adoraban a Celaya, le llevaban sus peticiones, el poeta las pasaba al consejo de administración y siempre salían derrotadas. Un poeta social dirigiendo una empresa de vagones cisterna es algo digno de ver. Un ingeniero jefe que firmaba versos y ampliaciones de capital, fabricaba panfletos y trenes de mercancías, era una especie única. El poeta Celaya creía que la poesía era un arma de futuro que podía salvar el mundo.

 Feed MRSS-S Noticias

Te Puede Interesar