Desastre en el Himalaya reabre alerta sobre lagos glaciares: científicos advierten que Chile enfrenta riesgos similares

 

La tragedia ocurrida en la frontera entre Nepal y el Tíbet volvió a poner en primer plano un riesgo que hasta hace poco parecía lejano para buena parte del mundo: el colapso de glaciares y lagos de alta montaña capaces de liberar enormes volúmenes de agua y sedimentos en cuestión de minutos.

Para Chile, la advertencia no es ajena.

El académico del Departamento de Geografía y coordinador académico del Magíster en Geografía de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, José Araos, plantea que los procesos observados en el Himalaya también están presentes en los Andes y que el país necesita fortalecer con urgencia la ciencia de alta montaña.

El pasado 25 de agosto, una inundación repentina golpeó con fuerza el distrito de Rasuwa, en Nepal, afectando localidades como Syabrubesi, Timure y Rasuwagadhi.

Según los antecedentes expuestos por el académico, el balance estimado al 27 de agosto alcanzaba 353 personas fallecidas y alrededor de 900 desaparecidas, entre ellas unos 300 turistas extranjeros.

La emergencia destruyó viviendas, caminos e infraestructura, además de sepultar el proyecto hidroeléctrico Langtang Khola, de 20 MW, y dejar atrapados a trabajadores en un túnel.

Un desastre de “procesos en cascada”

Araos explica que el episodio refleja una interacción compleja entre factores geológicos, meteorológicos y glaciares.

Una de las hipótesis iniciales apuntó a un sismo de magnitud 4,4 que habría desestabilizado laderas debilitadas por las lluvias del monzón y provocado una avalancha de roca y hielo.

Sin embargo, con el avance de los antecedentes, también se ha planteado que el desprendimiento del frente de un glaciar emplazado a unos 5.200 metros de altura pudo haber bloqueado temporalmente el río Bhote Koshi y desencadenado posteriormente la inundación.

En un escenario de este tipo, el peligro no proviene de un único factor.

El aumento de las temperaturas puede acelerar el retroceso de los glaciares, mientras el hielo derretido alimenta lagos contenidos por morrenas, formadas por sedimentos, arena y rocas.

Si una avalancha impacta uno de esos cuerpos de agua, puede generar olas que superen la barrera natural, erosionen el dique y liberen millones de metros cúbicos de agua y detritos.

A este tipo de eventos se les conoce como GLOF, por la sigla en inglés de inundación por vaciamiento de lago glaciar.

Millones de personas expuestas

El riesgo está lejos de ser marginal.

De acuerdo con estudios citados por el académico, alrededor de 15 millones de personas en el mundo viven expuestas a impactos asociados a GLOF, principalmente en Asia y los Andes.

India, Pakistán, China y Perú concentran más de la mitad de esa exposición.

Solo en el Himalaya existen más de 5.000 lagos glaciares represados por morrenas y algunos escenarios proyectan que un evento extremo podría liberar caudales de hasta 15.600 metros cúbicos por segundo.

Los Andes bajo la misma amenaza

La analogía con Sudamérica es directa.

El retroceso de los glaciares andinos también está acelerando la formación de lagos potencialmente inestables.

Uno de los ejemplos más recientes ocurrió en Perú, en febrero de 2020, cuando una avalancha de roca y hielo cayó sobre el lago Salkantaycocha y generó una ola de desplazamiento de unos 27 metros.

Aunque el dique no colapsó completamente, el desborde posterior liberó unos 57 mil metros cúbicos de agua y barro, afectando gravemente a Santa Teresa.

Chile reúne varios de los factores capaces de desencadenar episodios similares: laderas inestables producto de la descompresión glaciar, incremento de lagunas, sismicidad activa y eventos meteorológicos extremos, incluidos ríos atmosféricos.

Chile ya tiene antecedentes

El académico recuerda que el país no parte desde cero.

En 1989, la Laguna del Cerro Largo sufrió el colapso de su dique morrénico tras una avalancha, liberando 229 millones de metros cúbicos de agua y generando un flujo que arrasó bosques y viviendas en el valle del río Soler.

Otro caso es el Lago Cachet II, que desde 2008 ha registrado drenajes periódicos de unos 200 millones de metros cúbicos, elevando en más de cuatro metros el nivel del río Baker y dando origen al primer sistema estatal de alerta temprana frente a este tipo de eventos.

En 2020, en tanto, el Lago Greve protagonizó el mayor GLOF instrumental registrado en Chile, con un drenaje abrupto de casi 4.000 millones de metros cúbicos a través del glaciar Pío XI hacia el fiordo Eyre.

Su aislamiento evitó pérdidas humanas, pero el episodio mostró la magnitud que pueden alcanzar estos fenómenos.

Araos agrega un antecedente todavía más antiguo: durante el Holoceno, el Lago General Carrera habría sufrido un vaciamiento catastrófico que liberó cerca de 100 kilómetros cúbicos de agua, modificando de manera abrupta el relieve.

Ciencia para anticipar el desastre

Frente a este escenario, investigadores de la Universidad de Chile y centros de República Checa, Reino Unido, Argentina y la Universidad Austral presentaron este año una propuesta de investigación orientada precisamente a estudiar estos procesos.

El proyecto busca combinar reconstrucción geológica, monitoreo continuo, sensores meteorológicos, teledetección, drones, tecnología LiDAR y batimetrías.

También contempla el uso de modelos hidrodinámicos capaces de simular la ruptura de diques, calcular velocidades y profundidades de inundación y generar mapas dinámicos de peligro.

La idea es reconstruir eventos pasados para utilizarlos como un verdadero “test de esfuerzo” de la naturaleza y mejorar la capacidad predictiva.

Una advertencia para Chile

Para Araos, la lección del Himalaya es clara: no basta con esperar a que un evento extremo ocurra.

El fortalecimiento de la investigación científica en alta montaña puede permitir diseñar mejores sistemas de alerta, definir zonas de riesgo y orientar la planificación territorial.

En un país montañoso, sísmico y con glaciares en retroceso, la discusión ya no es solamente académica.

La tragedia ocurrida en Nepal muestra que el riesgo puede pasar rápidamente desde los modelos científicos a las vidas humanas, las ciudades y la infraestructura.

Y para Chile, la pregunta no es si los Andes están cambiando, sino cuánto tiempo queda para comprender esos cambios antes de que la montaña vuelva a recordar, de forma violenta, que también tiene sus propios límites.

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 La tragedia ocurrida en la frontera entre Nepal y el Tíbet volvió a poner en primer plano un riesgo que hasta hace poco parecía lejano para buena parte del mundo: el colapso de glaciares y lagos de alta montaña capaces de liberar enormes volúmenes de agua y sedimentos en cuestión de minutos. Para Chile, la
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La tragedia ocurrida en la frontera entre Nepal y el Tíbet volvió a poner en primer plano un riesgo que hasta hace poco parecía lejano para buena parte del mundo: el colapso de glaciares y lagos de alta montaña capaces de liberar enormes volúmenes de agua y sedimentos en cuestión de minutos.

Para Chile, la advertencia no es ajena.

El académico del Departamento de Geografía y coordinador académico del Magíster en Geografía de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, José Araos, plantea que los procesos observados en el Himalaya también están presentes en los Andes y que el país necesita fortalecer con urgencia la ciencia de alta montaña.

El pasado 25 de agosto, una inundación repentina golpeó con fuerza el distrito de Rasuwa, en Nepal, afectando localidades como Syabrubesi, Timure y Rasuwagadhi.

Según los antecedentes expuestos por el académico, el balance estimado al 27 de agosto alcanzaba 353 personas fallecidas y alrededor de 900 desaparecidas, entre ellas unos 300 turistas extranjeros.

La emergencia destruyó viviendas, caminos e infraestructura, además de sepultar el proyecto hidroeléctrico Langtang Khola, de 20 MW, y dejar atrapados a trabajadores en un túnel.

Un desastre de “procesos en cascada”

Araos explica que el episodio refleja una interacción compleja entre factores geológicos, meteorológicos y glaciares.

Una de las hipótesis iniciales apuntó a un sismo de magnitud 4,4 que habría desestabilizado laderas debilitadas por las lluvias del monzón y provocado una avalancha de roca y hielo.

Sin embargo, con el avance de los antecedentes, también se ha planteado que el desprendimiento del frente de un glaciar emplazado a unos 5.200 metros de altura pudo haber bloqueado temporalmente el río Bhote Koshi y desencadenado posteriormente la inundación.

En un escenario de este tipo, el peligro no proviene de un único factor.

El aumento de las temperaturas puede acelerar el retroceso de los glaciares, mientras el hielo derretido alimenta lagos contenidos por morrenas, formadas por sedimentos, arena y rocas.

Si una avalancha impacta uno de esos cuerpos de agua, puede generar olas que superen la barrera natural, erosionen el dique y liberen millones de metros cúbicos de agua y detritos.

A este tipo de eventos se les conoce como GLOF, por la sigla en inglés de inundación por vaciamiento de lago glaciar.

Millones de personas expuestas

El riesgo está lejos de ser marginal.

De acuerdo con estudios citados por el académico, alrededor de 15 millones de personas en el mundo viven expuestas a impactos asociados a GLOF, principalmente en Asia y los Andes.

India, Pakistán, China y Perú concentran más de la mitad de esa exposición.

Solo en el Himalaya existen más de 5.000 lagos glaciares represados por morrenas y algunos escenarios proyectan que un evento extremo podría liberar caudales de hasta 15.600 metros cúbicos por segundo.

Los Andes bajo la misma amenaza

La analogía con Sudamérica es directa.

El retroceso de los glaciares andinos también está acelerando la formación de lagos potencialmente inestables.

Uno de los ejemplos más recientes ocurrió en Perú, en febrero de 2020, cuando una avalancha de roca y hielo cayó sobre el lago Salkantaycocha y generó una ola de desplazamiento de unos 27 metros.

Aunque el dique no colapsó completamente, el desborde posterior liberó unos 57 mil metros cúbicos de agua y barro, afectando gravemente a Santa Teresa.

Chile reúne varios de los factores capaces de desencadenar episodios similares: laderas inestables producto de la descompresión glaciar, incremento de lagunas, sismicidad activa y eventos meteorológicos extremos, incluidos ríos atmosféricos.

Chile ya tiene antecedentes

El académico recuerda que el país no parte desde cero.

En 1989, la Laguna del Cerro Largo sufrió el colapso de su dique morrénico tras una avalancha, liberando 229 millones de metros cúbicos de agua y generando un flujo que arrasó bosques y viviendas en el valle del río Soler.

Otro caso es el Lago Cachet II, que desde 2008 ha registrado drenajes periódicos de unos 200 millones de metros cúbicos, elevando en más de cuatro metros el nivel del río Baker y dando origen al primer sistema estatal de alerta temprana frente a este tipo de eventos.

En 2020, en tanto, el Lago Greve protagonizó el mayor GLOF instrumental registrado en Chile, con un drenaje abrupto de casi 4.000 millones de metros cúbicos a través del glaciar Pío XI hacia el fiordo Eyre.

Su aislamiento evitó pérdidas humanas, pero el episodio mostró la magnitud que pueden alcanzar estos fenómenos.

Araos agrega un antecedente todavía más antiguo: durante el Holoceno, el Lago General Carrera habría sufrido un vaciamiento catastrófico que liberó cerca de 100 kilómetros cúbicos de agua, modificando de manera abrupta el relieve.

Ciencia para anticipar el desastre

Frente a este escenario, investigadores de la Universidad de Chile y centros de República Checa, Reino Unido, Argentina y la Universidad Austral presentaron este año una propuesta de investigación orientada precisamente a estudiar estos procesos.

El proyecto busca combinar reconstrucción geológica, monitoreo continuo, sensores meteorológicos, teledetección, drones, tecnología LiDAR y batimetrías.

También contempla el uso de modelos hidrodinámicos capaces de simular la ruptura de diques, calcular velocidades y profundidades de inundación y generar mapas dinámicos de peligro.

La idea es reconstruir eventos pasados para utilizarlos como un verdadero “test de esfuerzo” de la naturaleza y mejorar la capacidad predictiva.

Una advertencia para Chile

Para Araos, la lección del Himalaya es clara: no basta con esperar a que un evento extremo ocurra.

El fortalecimiento de la investigación científica en alta montaña puede permitir diseñar mejores sistemas de alerta, definir zonas de riesgo y orientar la planificación territorial.

En un país montañoso, sísmico y con glaciares en retroceso, la discusión ya no es solamente académica.

La tragedia ocurrida en Nepal muestra que el riesgo puede pasar rápidamente desde los modelos científicos a las vidas humanas, las ciudades y la infraestructura.

Y para Chile, la pregunta no es si los Andes están cambiando, sino cuánto tiempo queda para comprender esos cambios antes de que la montaña vuelva a recordar, de forma violenta, que también tiene sus propios límites.

 Salud y Sociedad archivos – El Periodista

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