Hay poetas, incluso buenos poetas, que permanecen oscurecidos en la posteridad porque formaron parte de una generación cuyos jefes de filas acopiaron para sí toda la gloria y dejaron para los demás solo las raspas de la letra pequeña a pie de página. Así sucedió en la generación del 27.
El escritor valenciano, que estuvo en el acto fundacional de la generación del 27, ha permanecido oscurecido en la posteridad pese a su vida de aventuras literarias y galantes
Hay poetas, incluso buenos poetas, que permanecen oscurecidos en la posteridad porque formaron parte de una generación cuyos jefes de filas acopiaron para sí toda la gloria y dejaron para los demás solo las raspas de la letra pequeña a pie de página. Así sucedió en la generación del 27.
¿Dónde quedaron los nombres de Juan Chabás, de Pedro Garfias y de Mauricio Bacarisse? La historia los tiene instalados en el anaquel de los injustamente olvidados. De hecho, fue el brillo social que emanaban las figuras de García Lorca y de Alberti el que los condenó muy pronto al olvido. No obstante, estos poetas han salvado sus nombres por el simple hecho de pertenecer al grupo. Tiras del hilo y al final van saliendo todos. Así me enteré de que existía Juan Chabás. En el acto fundacional del homenaje a Luis de Góngora en el Ateneo de Sevilla en 1927, patrocinado por el torero Sánchez Mejías, allí estaban Chabás y Bacarisse junto a Lorca y Alberti. Solo por esa foto han pasado a la historia, pese a haber sido poetas insignes y, en el caso de Chabás, por haber llevado una vida llena de aventuras galantes, no solo literarias.
Durante mi primer verano en Denia, en 1968, supe que Chabás había nacido allí; tenía un instituto de segunda enseñanza con su nombre y un busto sobre un pequeño monolito en el cruce de una calle peatonal. Traté de seguir las huellas que pudo haber dejado el poeta en este lugar y no supe y tal vez me fue imposible seguir su rastro porque la familia se trasladó a Madrid cuando Chabás tenía 10 años. Había nacido en Denia en 1900, hijo del abogado Juan Chabás Bordehore y de Josefa Martí Mifsud. El apellido Bordehore, de origen francés, pertenece a una de aquellas familias que llegaron a España cargadas de dinero huyendo de la guillotina de la Revolución Francesa. No consta que el poeta sufriera ningún problema económico, salvo en su exilio en La Habana al término de la Guerra Civil.
En apariencia, en Madrid llevó la vida de un joven burgués. Estudió el bachillerato en la Alianza Francesa y después se matriculó en Filosofía y Letras y también en Derecho. En ese tiempo de estudiante conoció a todo aquel que merecía ser conocido, a Emilia Pardo Bazán, a los filósofos García Morente y a Ortega y Gasset, a Menéndez Pidal, a Julián Besteiro, a Ovejero, profesores del caserón de la calle San Bernardo, donde radicaba la Universidad, y, por otro lado, fue amigo de Xavier Zubiri, de Francisco Bores, de Ernesto Giménez Caballero, de Gerardo Diego y de Dámaso Alonso.

Era inevitable que la ley de la gravedad, que también rige en la vida intelectual, le obligara a caer en aquel grupo elitista de la Residencia de Estudiantes. En ese grupo no entraba nadie que no tuviera el sello con el visto bueno de García Lorca. Incluso Ramón Gómez de la Serna quiso pertenecer a esa pandillita de amigos y Lorca lanzó el veredicto: “Ese no”.
En cambio, Chabás fue admitido sin oposición, patrocinado y protegido por Alberti. Chabás en ese momento no podía aportar más valor que sus ojos claros, que fueron famosos entre ciertas damas, su aire de señorito, que en ese momento se cotizaba al alza, y su bagaje poético. Otra cosa era su frenesí social. Pese a morir joven, a los 54 años, tuvo tiempo de casarse tres veces, primero con la escritora francesa y periodista de L’Humanité Simone Téry, después con la cantante cubana Lydia de Rivera y finalmente con la doctora en química Aída Valls Fernández.
Muy joven comenzó a desarrollar una actividad literaria frenética. Publicaba sus poemas en las revistas de vanguardia, hacía crítica teatral, se dedicaba a la enseñanza de la literatura española, obtuvo una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para viajar a Italia, donde ejerció la docencia en la Universidad de Génova. Desde allí mantuvo correspondencia con Gabriel Miró, se relacionó con Farinelli, conoció a Gorki en Capri, escribió novelas y crónicas sobre la política y cultura italiana bajo el fascismo.
De regreso en Madrid, su nombre aparece en todos los periódicos y revistas. Pese a su frenética actividad, tuvo tiempo para sus amoríos extramatrimoniales. De hecho, Chabás usó el resto de sus energías para enamorar y convertir en su amante a la actriz Carmen Ruiz Moragas, un lance que lo salva de la letra pequeña de la historia.
La Moragas había sido mujer del torero Gaona y después fue famosa por ser la entretenida del rey Alfonso XIII, con quien tuvo, que se sepa, dos hijos. Esta insigne actriz pertenecía a la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza. Vivió unida a Chabás hasta su muerte, el 11 de junio de 1936. No se sabe si el poeta Chabás visitaba aquel chalet que el rey le había regalado a la Moragas. En esto comenzó la guerra y Chabás interrumpió su actividad literaria, cogió su fusil para defender a la República y se incorporó al batallón de las milicias cívicas de la Izquierda Republicana. Murió en 1954 durante su exilio en La Habana, donde está enterrado.
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