Antonio Vega, nuestro consentido

Antonio Vega, en la Sala Clamores de Madrid, en 2005.

En Latinoamérica, he oído hablar mucho del “consentido”, el artista tan amado al que se le toleran hasta sus más insignes errores. Ese mecanismo, claro, también funciona por aquí. El ejemplo más palmario en el pop español podría ser Antonio Vega (1957-2009).

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 El hombre de Nacha Pop sigue en proceso de beatificación. Pero en algún momento habrá que hacerle un retrato de cuerpo entero  

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Columna

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El hombre de Nacha Pop sigue en proceso de beatificación. Pero en algún momento habrá que hacerle un retrato de cuerpo entero

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Antonio Vega, en la Sala Clamores de Madrid, en 2005.Claudio Álvarez
Diego A. Manrique

En Latinoamérica, he oído hablar mucho del “consentido”, el artista tan amado al que se le toleran hasta sus más insignes errores. Ese mecanismo, claro, también funciona por aquí. El ejemplo más palmario en el pop español podría ser Antonio Vega (1957-2009).

Vega todavía sigue difuminado entre cierto misterio, a pesar de la considerable bibliografía sobre su persona. En Muzikalia acaba de salir Antonio Vega. Entre el espacio y el tiempo, obra de Jordi Tormo. Un libro que cuenta con la bendición de la familia Vega: se incluyen páginas de diarios, poemas, anotaciones, bagatelas inéditas en un totum revolutum que fascinará a los seguidores del “chico triste y solitario” (descripción simplona que el propio Antonio rechazaba indignado).

El tomo incluye testimonios de una docena larga de colegas en tono ditirámbico. Pero, cuidado, se supone que ya no necesita más mitificación. El problema reside en que Antonio estaba, y todavía está, protegido por varios perímetros de seguridad: los disqueros podían enfurecerse por sus evasivas, pero no abandonan el discurso de genio por aquí, genio por allá. Sus instrumentistas tienden a cerrar filas alrededor del compañero caído. Y los fans atesoran una visión romántica del personaje, que no se compadece con la realidad.

Antonio llevaba una existencia itinerante. Tormo detalla sus abundantes casas en campo y en ciudad, sin olvidar los hoteles que le acogieron durante temporadas. No le duraban mucho: a los consumidores de ciertas substancias, les acompañan los incendios, por su tendencia al desmayo. Antonio disimulaba esa vida de canto rodado con su pose de afable perplejidad, aprovechándose de que éramos demasiado respetuosos para mencionar el elefante en la habitación. Mentía si era necesario y mentía bien. Empujado a hacer duetos, Antonio tragaba pero, fuera de micro, echaba pestes de algunos de esos supuestos colaboradores: tenía una idea nítida de su propio valor. Se quedó impávido al saber que su Lucha de gigantes sonaba en Amores perros, el debut de González Iñárritu. No hizo nada por ver la película: su única preocupación era cuándo le llegarían los derechos de autor.

Su evolución musical revela una notable capacidad para el reciclaje: un fanático del rock progresivo que encontró acomodo en la new wave. Pero no se engañen: en su salón de estar, con la guitarra acústica en la mano, era más probable que tocara Roundabout, de Yes, que el Alison de Elvis Costello. Su primo, Nacho García Vega, revela aquí que Chica de ayer nació como una suite instrumental de más de 12 minutos.

Antonio solía justificar su dedicación a tocar en pequeñas salas por la búsqueda de intimidad con sus seguidores pero luego, en algún rapto de sinceridad, reconocía que se trataba de hacer caja fuera de la mirada de Hacienda. Oiga, que no se enfade nadie. Hasta que no has caminado una milla en los zapatos de alguien, como decía la canción de Joe South, mejor no apresurarse con juicios de valor.

Resumiendo: Vega era un superviviente nato, que adaptaba su modus vivendi a las exigencias de sus hábitos. Eso explica que, según avanzaban los años ochenta, renunciara a la noche madrileña. Por concesión municipal, ahora cuenta con una plazuela Antonio Vega en la frontera del barrio de Malasaña. Se hubiera descojonado.

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