La desconocida vida de los trabajadores que habitaban el Palacio Real: “Suplico se me conceda el cuarto que ha dejado la doncella Antonia”

Plano del siglo XVIII de una de las plantas del Palacio Real en la que vivían sus trabajadores. Cada estancia tenía un número que correspondía al listado del personal que hay en la parte inferior, en una imagen tomada en el Archivo General de Palacio el 13 de mayo.

Esta es la historia de un pueblito que en sus mejores tiempos llegó a albergar a unas quinientas personas. Incluso cuando tenía menos habitantes, sus pasillos, plazuelas y viviendas eran un hervidero de personas atareadas, ropa tendida y olor a potajes. Estas personas tenían los problemas de cualquiera: el dinero y el deseo de dejar bien colocados a los hijos. Lo que les distinguía a todos ellos es que vivían en el Palacio Real de Madrid, que compartían con la realeza y la nobleza, pero con tareas bien distintas. EL PAÍS ha accedido a los documentos, planos y cartas que atesora el Archivo General de Palacio sobre cómo eran sus vidas en la residencia real, desde que esta se levantó a mediados del siglo XVIII hasta el final de la dictadura del general Franco, cuando se marcharon sus últimos moradores.

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Interior de una de las antiguas viviendas para trabajadores del Palacio Real, en una imagen tomada el 13 de mayo.El subdirector del Archivo General de Palacio, Javier Fernández (izquierda), y el jefe del Servicio de Investigación Histórica de Patrimonio Nacional, José Luis Sancho, en una de las terrazas del Palacio Real, el 13 de mayo.Matrícula del Real Palacio, libro que reunía las personas registradas en palacio, de los años sesenta del siglo XIX.Antigua puerta de una de las viviendas para empleados del Palacio Real, con el número de la casa. Vista de la plaza de Oriente desde una ventana del Palacio Real situada en una de las plantas en las que vivían los trabajadores del palacio. EL PAÍS accede a la documentación, planos y cartas que detallan el día a día de los empleados palaciegos, desde que se levantó el edificio a mediados del siglo XVIII hasta el final del franquismo  

Esta es la historia de un pueblito que en sus mejores tiempos llegó a albergar a unas quinientas personas. Incluso cuando tenía menos habitantes, sus pasillos, plazuelas y viviendas eran un hervidero de personas atareadas, ropa tendida y olor a potajes. Estas personas tenían los problemas de cualquiera: el dinero y el deseo de dejar bien colocados a los hijos. Lo que les distinguía a todos ellos es que vivían en el Palacio Real de Madrid, que compartían con la realeza y la nobleza, pero con tareas bien distintas. EL PAÍS ha accedido a los documentos, planos y cartas que atesora el Archivo General de Palacio sobre cómo eran sus vidas en la residencia real, desde que esta se levantó a mediados del siglo XVIII hasta el final de la dictadura del general Franco, cuando se marcharon sus últimos moradores.

El jefe del Servicio de Investigación Histórica de Patrimonio Nacional, José Luis Sancho, explica cómo se distribuían todas estas personas. “En los dos sótanos estaban los oficios, los relacionados con la comida y los de muebles y tapicería. La planta baja era para los ministerios, en la planta principal vivían los reyes y las dos últimas eran las viviendas para criados”, añade Sancho, que prepara un libro sobre la historia de la vida en este palacio. Eran muy diferentes, por ejemplo, las residencias de las nobles que atendían a las mujeres de la realeza a los cuartos de los sirvientes que se ocupaban de limpiar los retretes. No obstante, uno puede hacerse una idea del trajín que debía de haber en un edificio con 65 escaleras, aunque cada persona tenía las suyas por las que podía subir y bajar. “Había una escalera principal solo para el rey”.

Sin embargo, no todos los empleados del Palacio Real podían vivir en él, debido a la falta de habitaciones, que estaban muy cotizadas. Contaba su caso por carta Rafael Ruiz, de 60 años, mozo de oficio de los reales cuartos (un sirviente) en época de Alfonso XIII. Este hombre, que se presentaba como “empleado en el Real Palacio desde hace cuarenta y un años”, vivía en el popular barrio madrileño de Prosperidad. Ruiz escribió la siguiente solicitud al inspector general del palacio el 8 de julio de 1930: “Viviendo en el extrarradio, alejados sus hijos de la enseñanza que pudieran recibir, privado frecuentemente de la asistencia facultativa. Respetuosamente suplica se le conceda el cuarto que ha dejado vacante la doncella Antonia, que fue de Su Majestad la Reina María Cristina”. Como se ve, el problema de la vivienda en la capital de España es antiguo.

El subdirector del Archivo General de Palacio, Javier Fernández, muestra este y otros papeles que reflejan un aspecto desconocido de la monarquía española que habitó el Palacio Real. Fernández abre un libro, la Matrícula de la Real Capilla de Palacio, del reinado de Carlos III (1759-1788). “Este documento registraba a todas las personas que habitaban el palacio, empezando por el rey. Presbíteros, médicos, el sumiller, los reposteros, las ayas…”, dice Fernández. El historiador José Luis Sancho añade que se trataba “de un registro de feligreses”. “La parroquia del palacio era su capilla. Este censo obedecía a motivos eclesiásticos porque toda persona que vivía aquí debía tener su cédula de comunión”.

Los documentos analizados permiten saber que los empleados se solían quejar de que se les pagase tarde. Las cosas de palacio, ya se sabe, van despacio. Algo que se agravaba en tiempos de guerra. Sin embargo, al menos tenían un puesto de trabajo seguro (salvo que rodara la cabeza del monarca). Además, tenían garantizado derecho a médico, cirujano, botica, agua y leña, traída esta desde el monte de El Pardo.

Sin embargo, las lamentaciones proliferan en las cartas del Archivo. La dama Asunción Martín de Martínez se dirigía así al duque de Miranda, al que ya había explicado meses atrás “la crisis económica” que atravesaba su familia. Una situación “hoy más difícil a causa de cursar mi hijo el segundo año de internado”. “Habiéndose enterado de que quedan deshabitadas unas habitaciones de las destinadas para empleados […] Confío en su cristiano y caritativo sentimiento, que despachará favorablemente esta petición”.

Otro caso similar fue el del portero del Archivo Real, Luis Alcalá Trigo, en febrero de 1929. Sin embargo, la respuesta no daba muchas esperanzas, con una lógica demoledora: “Siendo la lista de peticiones interminable, tardará algún tiempo en conseguir su deseo”.

Una particularidad de la vida palaciega laboral es que desde un principio se acondicionaron aulas para los hijos de los empleados. Del reinado de Isabel II (1833-1868) se conserva un papel con una relación de alumnos en la que se incluyen los puestos que desempeñaban sus padres y las notas que sacaban los niños en cada asignatura: Caligrafía, Ortología (pronunciación), Gramática, Aritmética, Escritura, Bordado (para las niñas), Urbanidad y Doctrina.

Cuando se proclamó la Segunda República, en 1931, “estos trabajadores fueron desalojados, excepto los conserjes, a los que se dio nuevas funciones”, explica Sancho. Es el momento en que se ponen esas viviendas en alquiler a disposición de cualquiera y el palacio pasa a ser museo. “Consta que durante la República se sacaba más dinero por esos alquileres que por las visitas al museo”, agrega.

Mientras, Javier Fernández despliega un plano del siglo XVIII de una de las plantas de palacio habitadas por empleados. Los cuartos se distribuían según los oficios. En la cuadrícula marcada con el número 11, por ejemplo, vivía entonces Josefa de Tabares, azafata (criada noble) de una de las hijas de Carlos IV, la infanta María Luisa.

En estas moradas había constantes obras. “Las ocupadas por cargos importantes estaban sometidas a continuos cambios, tabicar o tirar paredes. Además, esto dependía de cuántas personas vivían en ella”, apunta Sancho. No obstante, este historiador subraya, como pudo comprobar este periódico en un largo recorrido, que aún hay casas que conservan su estructura del siglo XVIII, aunque hoy sean despachos o zonas de trabajo: un vestíbulo con la cocina al lado, una sala, el gabinete (donde se recibía a las visitas) y la alcoba.

Esta otra vida del Palacio Real también se ha contado en la literatura. La novela La de Bringas (1884), de Benito Pérez Galdós, cuenta la de una familia en la que el marido, Francisco, un burócrata, es un tacaño a la altura de El avaro, de Molière. Mientras que su esposa, Rosalía, debido al roñoso de su marido, no puede comprarse todos los vestidos que le gustaría llevar para poder presumir con sus amistades. Por ello, acaba tejiendo una red de embustes para ocultar a su esposo los dineros que faltan de la caja que él guarda celosamente. En el Archivo General de Palacio hay un expediente de un funcionario que se llamaba Francisco del Campo y Bringas, en el que parece que se inspiró Galdós para su personaje.

Los jóvenes que vivían en semejante lugar tenían sus propias preocupaciones, similares a las de hoy, como tener que volver a casa antes de lo que deseaban cuando estaban de bureo. Una divertida carta a máquina de 1924, de un muchacho que prefiere no darse a conocer para que no llegue “su atrevimiento a oídos” de su padre, que era servidor en palacio, detallaba al secretario particular del rey Alfonso XIII las cuitas de él y sus amigos porque la verja de acceso al palacio se cerraba a la una de la madrugada.

“Si viera usted lo horrible que es oír a nuestros amigos de ir a un teatro o a un cine o de escuchar sus relatos y no poder nosotros asistir ni tener esperanza de ir”, señalaba. “En invierno, los espectáculos comienzan a las diez […] En verano se retrasa aún más y es una desesperación estar mirando el reloj y tenerse que salir antes de terminar”. “Si no viene el tranvía o no se encuentra un taxis, se expone uno a que le cierren y quedarse fuera de casa”.

A continuación, el muchacho se ponía zalamero: “Usted que es tan bueno y que goza de la simpatía de su majestad, le agradeceríamos sinceramente con todo el alma insinuase a su majestad estas consideraciones, y su majestad, que tantas buenas obras hace, se hará cargo de nuestros deseos”. Para terminar con una solución: “Que en el verano, cuando las personas reales están fuera, se retrasara una hora el cierre de la puerta, o se diesen en la comandancia contraseñas para poder entrar después de la hora oficial”. Historias del barrio palatino. Por cierto, un laberinto para los que lo visitaban por primera vez, como describió Galdós en su novela: “Un pueblo formado de recovecos, burladores y sorpresas, capricho de la arquitectura y mofa de la simetría”.

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