El hombre que descubrió el rock de garaje

La cabra tira para el monte, dicen. Buscando notables colecciones de discos, indago entre músicos. Espero encontrar sus particulares cuevas de Aladino, repletas de joyas en vinilo o soportes equivalentes. Y resulta que no, que no abundan. Me ofrecen explicaciones que pasan por el mercado inmobiliario y llegan hasta la psicología: en el tiempo libre, uno tiende a alejarse de lo que le recuerda el trabajo.

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 Lenny Kaye, el fiel guitarrista de Patti Smith, es también toda una leyenda en el territorio del coleccionismo discográfico  

La cabra tira para el monte, dicen. Buscando notables colecciones de discos, indago entre músicos. Espero encontrar sus particulares cuevas de Aladino, repletas de joyas en vinilo o soportes equivalentes. Y resulta que no, que no abundan. Me ofrecen explicaciones que pasan por el mercado inmobiliario y llegan hasta la psicología: en el tiempo libre, uno tiende a alejarse de lo que le recuerda el trabajo.

Que conste que no estoy pensando en meros acumuladores, tipo Elton John, para quien se abrían las tiendas en horario nocturno, dado que compraba elepés por toneladas. Estoy pensando más bien en los músicos que convierten esa pasión en una causa. Tipos como David García, alias El Indio, baterista de Vetusta Morla, que ha preparado valiosas recopilaciones de rumba. O Julian Cope, el liverpooliano fundador de The Teardrop Explodes, responsable de eruditos tomos sobre las cumbres discográficas del rock alemán o el japonés.

Pero el prototipo del coleccionista activista es Lenny Kaye, más conocido por ser la mano derecha de Patti Smith. A principios de los setenta, Kaye ejercía de periodista musical y complementaba sus magros ingresos como dependiente en una tienda de discos del Greenwich Village neoyorquino. Un día recibió una propuesta interesante de Jac Holzman, visionario fundador del sello Elektra: preparar una compilación de aquellos grupos de los sesenta que generalmente solo tuvieron un éxito, los denominados one hit wonders. Nació asi Nuggets (literalmente, Pepitas), un doble LP que salió en 1972 y fue lo que se dice un succès d’estime: críticas entusiastas y ventas modestas.

¿Un pinchazo? Algo así. Cuando Kaye sugirió un segundo volumen, Elektra pasó. Y se entiende: conseguir los derechos de las 27 canciones incluidas supuso tediosas negociaciones con, aproximadamente, otras tantas disqueras, a veces inactivas. Pero resultó que Nuggets tuvo consecuencias. El subtítulo, Original artyfacts from the first psychedelic era, 1965-1968, sugería desmadres psicodélicos y hasta ambiciosos proyectos arty. Y algo de eso había pero la etiqueta que prosperó para describir su contenido fue la de garage rock.

Tenía sentido. Aquellos grupos habían sido la impetuosa respuesta estadounidense a la llamada “invasión británica” de Beatles, Rolling Stones, Kinks. Conjuntos hirsutos que ensayaban en sótanos, trasteros y, sí, garajes. Proyectos fugaces que, sin embargo, destacaban por su actitud arrogante, contundencia sonora y cierta inocencia juvenil. Cualidades que terminaron conformando estéticamente una generación de bandas irredentas que desembocaron en la insurgencia del punk rock. Por no hablar de fenómenos más underground como el rock que surgió en el barrio madrileño de Malasaña allá por los años ochenta.

Con el tiempo, Nuggets generó toda una serie de vistosos discos, unos 16 lanzamientos que desarrollan el concepto de Lenny Kaye. Hasta ha sido imitada por colecciones como Pebbles (es decir, Guijarros), con docenas de referencias, ejem, no muy legales pero dignas de admiración por explorar sus equivalentes en diferentes regiones o países (¿rock de garaje en Dinamarca? Claro que sí). Hoy, el garage es una de las ramas del rock más exhaustivamente mapeadas, gracias a la bendita intuición de Kaye y Holzman.

Lenny mira con benevolencia ese estridente bosque surgido de aquella semilla de 1972. Sigue explorando por su cuenta, con el único objetivo del disfrute. En los años setenta intercambiábamos música (¡en casete!), aunque a veces me pedía cosas imposibles: grabaciones de Córcega, de difícil localización en España. Huye del rockismo y su turbio complejo de superioridad: ha escrito libros sobre el vaquero Waylon Jennings y el crooner Russ Columbo.

Como todo coleccionista de ley, Lenny detesta psicoanalizarse y esquiva las preguntas sobre la ubicación exacta de su tesoro. Reconoce que se beneficia del estatus de Nueva York como capital mundial, donde inevitablemente terminan recalando los detritos culturales de todo el planeta. Cuenta que ahora pilla mucho material de Oriente Medio y que anda rastreando discos de góspel jamaicano, que “no suenan para nada a reggae”. Habrá que investigarlo.

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