Enciende otro cigarrillo Eduard Fernández y suspira: “Lo había dejado, y hace dos meses volví…”. Con el tabaco controla la ansiedad, y a su lado Roberto Bueso (La banda, Llenos de gracia) sonríe. A Bueso le entraron nervios cuando iba a ser padre, y hace años, junto a su coguionista, Óscar Díaz Cruz, empezó a elaborar, pensando en cómo afrontar este cambio vital, esta historia, la de un gran escritor encerrado en una mansión que llama a sus tres hijos mayores para contarles algo, que concursa en el festival de San Sebastián.
La película de Roberto Bueso, la segunda española a concurso en el festival de San Sebastián, opta por la tragicomedia para ahondar en las relaciones entre los artistas y su descendencia
Enciende otro cigarrillo Eduard Fernández y suspira: “Lo había dejado, y hace dos meses volví…”. Con el tabaco controla la ansiedad, y a su lado Roberto Bueso (La banda, Llenos de gracia) sonríe. A Bueso le entraron nervios cuando iba a ser padre, y hace años, junto a su coguionista, Óscar Díaz Cruz, empezó a elaborar, pensando en cómo afrontar este cambio vital, esta historia, la de un gran escritor encerrado en una mansión que llama a sus tres hijos mayores para contarles algo, que concursa en el festival de San Sebastián.
A Fernández le atrajo ese algo más de un escritor, mito de la literatura del que aún se espera la gran obra, que dejó tirados emocionalmente a los vástagos de su primer matrimonio. “Es un tipo complejo. Seguro que luego todo el mundo tendrá distintas visiones de él, pero a mí me atraía que es un mal padre probablemente sin saberlo. O sin importarle. Ha hecho lo que le ha dado la gana. Tiene un egoísmo bestial, especialmente durante la infancia de sus hijos, y se ha dedicado a disfrutar pasando de la familia. Con todo, él arrastra su propio pasado, ya que su propio padre no le había hecho mucho caso. Por eso hablo de complejidad”, desgrana.

E insiste en este camino: “Tendemos a veces a castigar quizá un pelín de más con la óptica actual. Me cuesta juzgar a la gente, que cada uno haga lo que pueda o lo que quiera”, antes de reflexionar sobre un clásico del arte: el del creador —escritor, pintor, arquitecto, escultor, cineasta— que procrea sin más, y que por un objetivo ulterior, el de la gran obra, se olvida de quienes le rodean. “A mí no me gusta dar esa prioridad. Ni defenderla. Se puede compaginar, ¿no? Uno va aprendiendo a vivir a medida que madura. Jamás prioricé la obra. Además, pensemos que hablamos de artistas grandes. Si hubiera sido un mal escritor o un mal pintor, igual habrían hecho lo mismo. Lo que ocurre es que de esos nunca nos enteramos”, reflexiona Fernández.

Bueso coincide con su actor protagonista: “Nos parecía interesante hablar de la difícil conciliación entre buscar el desarrollo, el éxito profesional y mantener una familia. Pero estoy totalmente de acuerdo con Eduard, no creo que se pueda legitimar portarte mal con la gente que te quiere”. Y el aludido ríe: “El amor paterno-filial es muy complejo y único”. Se refiere a que, a pesar de todo, en pantalla esos hijos mayores, vapuleados, siguen acudiendo a la llamada paterna: alguno mendigando cariño; otros, intentando aprender para no repetir los errores que sufren. “Lo que no eliges es a tu padre. Es algo que está ahí por encima de todo. Y aunque una familia se lleve mal, siempre estará el vínculo. La hija mayor ha salido muy parecida al escritor que interpreto. De hecho, íbamos a meter una frase que al final no entró, en la que eso se subrayaba”. ¿Cuestión de genes? “Qué sé yo”, comenta Fernández.
El actor, que el año pasado estaba en San Sebastián recogiendo el Premio Nacional de Cine, mira a su alrededor: “Atravieso un momento muy dulce. Estoy muy a gusto, muy bien, muy maduro. Encima, me rodeo de estos actores jóvenes que me alimentan. He ganado en experiencia. Por ejemplo, tardé mucho en controlar que cuando dijeran acción, no se me disparara el corazón. El paso del tiempo te da poso y sabiduría. A mí me gusta mucho este oficio, me fijo mucho en la gente que me rodea. Y es divertido asomarse a la humanidad y entender que cada uno hace lo que puede y que se nace con algunos defectos propios de fábrica”.
Fernández, que maneja habitualmente una sonrisa cálida, ha borrado esa nota en los gestos de su personaje, un hombre que no entiende que si él superó la frialdad de su padre, por qué sus hijos no son capaces de seguir adelante sin el rencor que destilan contra él. Y usa la ironía como un látigo espada con el que azuzarles. Por ello, confiesa Bueso, lo más complejo fue el tono. “Hasta en el momento más desgarrador, más duro, hay comedia, porque creemos que ocurre así en la vida. Y deseábamos retratar las relaciones con cierta naturalidad, ser muy honestos con el conflicto con los personajes”.

El actor suspira aliviado cuando confirma que es un personaje completamente alejado de él. “Ni revisé mis relaciones ni necesité acercarme a mi experiencia. Así que me acordé de algunas cercanas y me aferré al guion”. A su lado, Bueso recuerda: “Cogí retazos de lo que he vivido, aunque mi padre fue un tipo estupendo”. ¿Y de dónde salió el detalle de un escritor que tiene un garrote vil en su despacho? “De Fernando Arrabal. Lo vimos en una entrevista en televisión”, desvela Bueso. “Decidimos incluirlo y que el público compusiera el resto”. Y Fernández estalla en risas: “Es que lo veo y pienso: ‘De verdad qué mal tipo, qué mal padre”.
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