
En el Banco de España, una alfombra puede ser una pieza de arte, un instrumento acústico, un símbolo que marca jerarquía y poder o una forma sencilla de modificar un edificio sin tocar sus muros. Esa es una de las ideas que recorre El plano flexible, la exposición que inaugura este lunes la institución y se podrá visitar hasta el 28 de marzo de 2027. Comisariada por Yolanda Romero (Granada, 64 años), pone en diálogo la colección histórica de textiles del Banco con obras contemporáneas. Durante el recorrido, Romero explica que uno de los valores de la muestra está precisamente en poder pasar de la tapicería barroca europea de los siglos XVII y XVIII a las prácticas textiles actuales.



Una exposición en el Banco de España recorre cuatro ámbitos en los que el textil aparece como arte, arquitectura, memoria, trabajo y economía
En el Banco de España, una alfombra puede ser una pieza de arte, un instrumento acústico, un símbolo que marca jerarquía y poder o una forma sencilla de modificar un edificio sin tocar sus muros. Esa es una de las ideas que recorre El plano flexible, la exposición que inaugura este lunes la institución y se podrá visitar hasta el 28 de marzo de 2027. Comisariada por Yolanda Romero (Granada, 64 años), pone en diálogo la colección histórica de textiles del Banco con obras contemporáneas. Durante el recorrido, Romero explica que uno de los valores de la muestra está precisamente en poder pasar de la tapicería barroca europea de los siglos XVII y XVIII a las prácticas textiles actuales.
El título procede del ensayo The Pliable Plane: Textiles in Architecture (1957), de la diseñadora y tejedora alemana Anni Albers (1899-1994), para quien el tejido no era una superficie rígida, sino un elemento capaz de organizar un espacio, filtrar la luz, absorber el sonido y generar una experiencia corporal. Romero explica que el textil permite incluso modificar un lugar “sin cambiar la estructura”. En el Banco de España esa idea tiene una historia concreta. Su relación con los tejidos se remonta a 1783, cuando Carlos III autorizó tapices y bancos de la Real Casa para la sala de la Junta General.
El recorrido, que se compone de cuatro ámbitos, comienza con La aguja como lápiz, dedicado a la costura como dibujo, escritura y herramienta de crítica desde una perspectiva feminista. La pintora valenciana Isabel Oliver (80 años) reproduce con pintura el punto de cruz para cuestionar el lugar doméstico reservado a las mujeres durante el franquismo; la artista visual Elo Vega (Huelva, 59 años) borda sobre manifiestos históricos por los derechos de las mujeres, y la artista plástica Victoria Gil (Badajoz, 63 años) recupera la memoria de las trabajadoras textiles. En las obras de la valenciana Elena del Rivero (77 años), Romero señala la costura como un gesto que “tiene mucho que ver con la reparación, digamos, con la parte sanadora”. La aguja deja así de ser solo un instrumento de confección y se convierte en una forma de pensar la herida, el trabajo y la desigualdad.

El segundo ámbito, Minorías derrotadas, toma su nombre de una reflexión de Albers sobre el retroceso de los oficios artesanales frente a la industrialización. La sala reúne a artistas que recuperan conocimientos textiles transmitidos entre generaciones. Teresa Lanceta (Barcelona, 75 años) parte de las prácticas de comunidades tejedoras del Atlas Medio marroquí; la artista textil Aurèlia Muñoz (Barcelona, 1926-2011) utiliza técnicas tradicionales para crear estructuras escultóricas; la fotógrafa franco-marroquí Yto Barrada (París, 55 años) contrapone los ritmos lentos del teñido artesanal con la velocidad de la producción industrial, y el guatemalteco Antonio Pichillá (44 años) reivindica el conocimiento maya aprendido en su familia. “Los saberes artesanales realmente se transmiten y se transforman”, explica Romero.

Después, Existencias de interior: vestir la arquitectura devuelve el textil al espacio institucional. Tapices y alfombras no solo protegían del frío o amortiguaban el sonido, también ordenaban recorridos, jerarquizaban estancias y construían una imagen de poder. Seis tapices flamencos de Gerard Peemans (1660-1710), instalados en los años treinta en el Salón de Juntas Generales de Accionistas, son un ejemplo especialmente claro de que su incorporación respondió también a un problema acústico. Una alfombra de 1861 y otra de 1934 permiten seguir, además, la relación del Banco con la Real Fábrica de Tapices y con la industria textil.
El último ámbito, Tiempos, relatos y economías del valor, lleva esas preguntas al terreno del intercambio. Los seis tapices Manos que dan, manos que reciben, de Dora García (Valladolid, 61 años), fueron encargados para mejorar la acústica del Salón de Cobradores y reflexionan sobre las relaciones que sostienen el valor económico. Romero se detiene en esas “otras manos invisibles” que hacen funcionar los mercados: las del trabajo y los cuidados. Andreas Maria Fohr (Friburgo, 60 años) utiliza pagarés bordados para hablar de deuda, tiempo y trabajo; la hispano-venezolana Patricia Esquivias (Caracas, 47 años) imagina ovejas atravesando el Patio de Operaciones del Banco, uniendo la trashumancia, la Mesta y el valor de la lana, “el oro blanco de la economía española”.

La exposición se acompaña de un catálogo razonado de la Colección de Textiles del Banco de España, fruto de casi tres años de investigación de la División de Patrimonio y Colecciones. El resultado es un recorrido en el que el textil aparece no solo como una técnica o un ornamento, sino como una forma de pensar las relaciones entre arte, arquitectura, trabajo, memoria y economía.

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