Bob Wilson, Fernando Pessoa y Maria de Medeiros: trío de ases para un acontecimiento teatral

“Habla siempre hacia arriba”, recuerda la actriz Maria de Medeiros que le decía el creador teatral estadounidense Bob Wilson cuando ensayaban el espectáculo Pessoa. Since I’ve Been Me (Pessoa. Desde que soy yo), estrenado en Florencia en mayo de 2024. Fue uno de los postreros trabajos del gran revolucionario de las artes escénicas contemporáneas, que murió un año después a los 83 años, dejando una profunda huella en la historia del teatro y un legado que sigue vivo sobre las tablas. Además de dos óperas y un montaje de texto estrenados de manera póstuma, sus últimas producciones siguen de gira por los grandes escenarios internacionales.

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 El Festival de Otoño de Madrid se inaugura el viernes con uno de los últimos trabajos del gran revolucionario de la vanguardia escénica antes de su muerte en 2025, basado en textos del poeta y protagonizado por la actriz portuguesa  

“Habla siempre hacia arriba”, recuerda la actriz Maria de Medeiros que le decía el creador teatral estadounidense Bob Wilson cuando ensayaban el espectáculo Pessoa. Since I’ve Been Me (Pessoa. Desde que soy yo), estrenado en Florencia en mayo de 2024. Fue uno de los postreros trabajos del gran revolucionario de las artes escénicas contemporáneas, que murió un año después a los 83 años, dejando una profunda huella en la historia del teatro y un legado que sigue vivo sobre las tablas. Además de dos óperas y un montaje de texto estrenados de manera póstuma, sus últimas producciones siguen de gira por los grandes escenarios internacionales.

Pessoa. Since I’ve Been Me inaugura este viernes el Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid con un aura de homenaje y acontecimiento teatral. No solo porque es la primera de las obras de Wilson que se representa tras su muerte en España, donde estrenó varios montajes y tiene una corte fiel de seguidores, sino también porque su cartel reúne tres figuras de peso: además del propio Wilson, el poeta portugués Fernando Pessoa y su compatriota Maria de Medeiros, que encabeza un reparto de siete intérpretes que personifican, de alguna manera, los últimos destellos del genio.

De Medeiros, célebre actriz y directora muy vinculada a España por sus trabajos en el cine y porque vivió en Barcelona, confiesa sentirse especialmente emocionada. “Es una responsabilidad. Pero no tenemos una sensación de ausencia. Wilson trabajaba con absoluta precisión, todo está muy medido, de manera que es como si siguiera con nosotros. También aquello que nos decía: ‘Habla siempre hacia arriba’. Creo que eso ayuda a clarificar y dar trascendencia a la palabra. Dirigirla hacia lo alto”, reflexiona por teléfono desde París, donde reside ahora, antes de viajar a Madrid.

La precisión es una característica intrínseca del lenguaje escénico de Wilson. Su estética minimalista y geométrica, forjada desde los años setenta y reconocible al instante, abrió un camino en el teatro experimental marcado por una potente poética visual capaz de generar emociones sin necesidad de palabras. Lo cual implica, según De Medeiros, un proceso de creación atípico para un actor. “Ante todo, era un escultor de la luz. Podía pasarse semanas trabajando la luz en una misma escena. Desde el primer día de ensayos quería vernos maquillados y con un vestuario cercano al definitivo para tener los colores definidos y trabajar la luz, los sonidos, la atmósfera”, resume. La suma de todo eso, minuciosamente trabado, es una experiencia artística absoluta: la consumación del teatro total de Wilson.

No obstante, Wilson no planteaba los espectáculos como artefactos cerrados. “Su gramática gestual era precisa como el jazz: es decir, la base para activar la libertad creativa”, matiza De Medeiros. Lo subraya también Charles Chemin, codirector de Since I’ve Been Me y actual director artístico del Watermill Center, el laboratorio que Wilson fundó en Nueva York en 1992 como espacio de residencia y experimentación para creadores de diversas disciplinas, desde las visuales hasta la literatura o la música: “Sus obras son organismos vivos. No quería que quedaran congeladas ni que parecieran obedecer a una regla fija. Porque están creadas con tal precisión, tanto a nivel interpretativo como técnico, que si se congelan se convierten en una caricatura de sí mismas, espacios robóticos cerrados en lugar de espacios de libertad poética”.

Por eso, revela Chemin, Wilson advirtió de que “no quería que tras su muerte fueran desenterrados espectáculos icónicos del pasado, juzgando que su vida habría sido artificial porque, desvinculadas de su contexto creativo, se convertirían en una especie de repertorio. Siempre rechazó la idea de repertorio, en lo que implica en términos de reproducibilidad”.

La Fundación Robert Wilson se encarga de preservar su legado y su colección de arte, así como de dar apoyo al Watermill Center, “del que siempre dijo que no debería ser ni una escuela ni un mausoleo para perpetuar una verdad, sino un espacio de libertad creativa para que pudieran surgir visiones distintas a la suya”, sostiene el colaborador de Wilson.

Siguiendo ese sendero, Chemin recuerda que Wilson “allanó el camino para la rebeldía contra el concepto tradicional de personaje. Realizó obras teatrales con todo tipo de materiales, como poesía o experiencias personales extravagantes. También fue uno de los que hicieron que la abstracción tuviera un lugar en el escenario, algo que estaba más bien reservado para el arte visual y la música. Animó a las nuevas generaciones a mezclar las artes y a no temer que fuera difícil ponerle una etiqueta a una obra: ¿es teatro, performance, ópera, instalación visual y sonora? Además, repensó la duración de las obras como un desafío a los cánones establecidos con sus piezas de siete días, 24 horas u otras muy cortas”.

El espectáculo que llega a Madrid, creado a partir de textos de Pessoa y sus heterónimos, mantiene su vigencia en tanto que reflexión sobre la multiplicidad del yo contemporáneo. También como testamento y exponente de la visión artística de Wilson. “En sus últimos años trabajó más con textos poéticos y menos con obras clásicas, aunque siempre deconstruyó en parte estas últimas. Las palabras de los poetas le permitían hacer lo que más amaba, expresar su propia mirada como poeta del teatro, dejarse llevar por asociaciones de ideas y pintar libremente”, apunta Chemin. En este caso, la palabra se conjuga en cuatro idiomas, francés, italiano, portugués e inglés, un ejemplo más del carácter omnívoro del creador estadounidense.

Dice De Medeiros que la obra es un encuentro entre múltiples formas de poesía. “Hay una reflexión sobre la muerte que se refleja en la primera frase del espectáculo y que fue una de las últimas que escribió Pessoa: ‘No sé qué me deparará el mañana’. Pero Wilson también supo extraer su parte más lúdica, la invocación de los heterónimos, los otros yo, que es una forma de reírse de la muerte”, apunta la actriz portuguesa, buena conocedora del poeta, hasta el punto de que su primer largometraje como directora se basó en textos suyos (La muerte del príncipe, 1991). “Tengo la impresión de que he vivido con Pessoa toda mi vida”.

Tras este gran montaje inaugural, que se representará el viernes y el sábado en los Teatros del Canal, el Festival de Otoño desplegará hasta el 29 de noviembre en la Comunidad de Madrid un programa de 29 espectáculos procedentes de 18 países. En el apartado internacional destacan el colectivo belga tg STAN, el Centro Dramático Nacional de Montpellier, la coreógrafa caboverdiana Marlene Monteiro Freitas o la italiana Cristiana Morganti, bailarina histórica de Pina Bausch, que repasa sus experiencias personales y profesionales en un particular montaje dirigido por el argentino Claudio Tolcachir.

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