Pompeya es una ventana abierta a la vida cotidiana de la Antigüedad que no deja de sorprender. Cada descubrimiento permite asomarse un poco más a las costumbres y a la intimidad de quienes un aciago día del año 79 vieron cómo el Vesubio despertaba con furia y truncaba su existencia. 2 000 años después de la catástrofe, los arqueólogos han encontrado un armario que nadie volvió a abrir desde la erupción del volcán y que conservaba los recuerdos de toda una vida. Utensilios de maquillaje, un quemador de perfumes, un collar con amuletos infantiles y un pequeño tesoro de 38 monedas de bronce: son algunos de los objetos que alguien guardó en un mueble dentro de una casa pompeyana y que nunca volvió a recuperar. La erupción del volcán sepultó la antigua ciudad romana y conservó intacto, como congelado en el tiempo bajo las cenizas, un pequeño universo de recuerdos y pertenencias personales que ahora vuelve a ver la luz.
Los arqueólogos descubren collares, utensilios de maquillaje y otros objetos personales de una familia que llevaban 2.000 años bajo las cenizas
Pompeya es una ventana abierta a la vida cotidiana de la Antigüedad que no deja de sorprender. Cada descubrimiento permite asomarse un poco más a las costumbres y a la intimidad de quienes un aciago día del año 79 vieron cómo el Vesubio despertaba con furia y truncaba su existencia. 2 000 años después de la catástrofe, los arqueólogos han encontrado un armario que nadie volvió a abrir desde la erupción del volcán y que conservaba los recuerdos de toda una vida. Utensilios de maquillaje, un quemador de perfumes, un collar con amuletos infantiles y un pequeño tesoro de 38 monedas de bronce: son algunos de los objetos que alguien guardó en un mueble dentro de una casa pompeyana y que nunca volvió a recuperar. La erupción del volcán sepultó la antigua ciudad romana y conservó intacto, como congelado en el tiempo bajo las cenizas, un pequeño universo de recuerdos y pertenencias personales que ahora vuelve a ver la luz.
El destino de los dueños de este armario sigue siendo un misterio. Si se encontraban en la ciudad en el momento del desastre, debieron intentar huir. Y, si consiguieron escapar, nunca regresaron al lugar para excavar y recuperar sus pertenencias, como sí hicieron otras personas. Las excavaciones recientes han demostrado que algunos supervivientes regresaron a Pompeya para tratar de recuperar sus bienes entre las ruinas.
En esta domus —conocida como la casa de Cornelius Maximus, situada en la Vía de la Abundancia, una de las principales arterias de la antigua ciudad romana—, sin embargo, las pertenencias permanecieron durante más de veinte siglos donde habían sido guardadas. También es posible que los dueños murieran durante la erupción sin dejar herederos. Tácito cuenta que los bienes de estas víctimas debían utilizarse para reconstruir Pompeya, algo que no llegó a realizarse.

Ahora, el hallazgo de aquellos enseres ofrece a los investigadores una valiosa oportunidad para profundizar en las costumbres y la cultura material de Pompeya antes de la erupción del Vesubio, desde los hábitos de cuidado personal y las creencias de sus habitantes hasta las posibles actividades económicas que desarrollaban.
Entre los objetos encontrados, figuran utensilios que los arqueólogos creen que pertenecieron a una mujer, relacionados con el mundus muliebris, el universo femenino de la antigua Roma. Son accesorios de belleza y cuidado personal, joyas o instrumentos de maquillaje como unas pinzas y un recipiente para mezclar cosméticos, un frasco de vidrio para bálsamos, un quemador de perfumes para impregnar la casa de aromas agradables. También hay una lámpara de bronce y unas pesas de plomo, probablemente utilizadas para algún tipo de actividad comercial de compraventa y que están guardadas en una pequeña caja de madera de la que apenas quedan restos.

Entre los objetos ha aparecido también una pequeña cesta con 38 monedas de bronce, una especie de monedero doméstico que, según los arqueólogos, podría haber servido para pagar los gastos del día a día. Un dinero que quedó abandonado cuando el Vesubio arrasó la ciudad y que nadie volvió a recoger.
En este particular ajuar doméstico hay además vasijas y ollas de bronce, vidrio y cerámica. Son utensilios de uso cotidiano, pero que también pueden estar cargados de recuerdos, como explican los estudiosos del Parque Arqueológico de Pompeya en el caso de una pequeña jarra decorada con pétalos de piña. Los investigadores consideran que una de las piezas tenía, sin duda, un gran valor sentimental. Se trata de un collar compuesto por al menos veinticuatro objetos en miniatura labrados en fayenza, hueso, pasta vítrea y cristal de roca, todos ellos con un pequeño orificio para poder colgarlos en una cadena y que representaban divinidades —entre otras, se reconocen Bes, deidad protectora del hogar y Mercurio, dios del comercio en la mitología romana—, pies y manos, piñas y racimos de uvas. En el pasado, este tipo de objetos se consideraban a veces “mágicos” y se usaban para hechizos y pócimas, pero en el contexto de Pompeya se les considera amuletos, conocidos en la Antigua Roma como crepundia, algo así como sonajeros con un marcado significado espiritual.
Se colocaban en los niños para protegerlos y también para poder oírlos cuando se movían. En ocasiones, los adultos también los conservaban, a menudo en pequeñas cajas o, como en este caso, en bolsas de tela guardadas dentro de armarios, como recuerdos de su infancia, como quien en la actualidad conserva una fotografía antigua.
Los arqueólogos señalan que en la sociedad de la Roma antigua los desplazamientos eran frecuentes en todos los estratos sociales: desde los esclavos hasta los comerciantes acomodados, muchas personas vivían lejos de sus familias y de los lugares donde habían nacido. Así, aquellos pequeños amuletos podían ser uno de los pocos recuerdos materiales que conservaban de la niñez.

Los crepundia eran tan importantes que aparecen incluso en la literatura romana. En la comedia Rudens, de Plauto, estos pequeños objetos permiten descubrir la identidad de una joven y reconocer a su familia.
Aunque el estado de conservación de las piezas que se han encontrado en Pompeya no es óptimo, todavía pueden aportar nuevos datos sobre sus antiguos propietarios y la vida cotidiana en la ciudad arrasada por el Vesubio. “Pompeya no es solo un lugar de grandes obras de arte: es también un lugar donde los objetos más comunes nos devuelven la dimensión humana del pasado. El valor de este descubrimiento reside en la posibilidad de interpretar conjuntamente las distintas huellas de una vida: los hábitos personales, el trabajo, los recuerdos. No podemos reconstruir con certeza la identidad de quienes habitaban la casa, pero estos fragmentos nos acercan a su vida cotidiana”, ha señalado el director del Parque Arqueológico, Gabriel Zuchtriegel.

Por el momento, esta tanda de excavaciones ha permitido conocer nuevos detalles de la vivienda en la que se encontraba el armario. La casa, atribuida, aunque con ciertas reservas de los expertos, a un personaje llamado Cornelius Maximus a partir del hallazgo de unas inscripciones que ya no son visibles, había comenzado a excavarse en 1912. Pero hasta ahora no se había profundizado más allá de la fachada.
Aunque solo se conoce una parte de la domus, hay bastantes datos de interés. Como las refinadas pinturas murales del IV estilo pompeyano que decoraban la estancia donde se encontraba el armario, atribuidas al taller artístico de la vía de Castricio, que sugieren un cierto nivel de vida, acorde con la ubicación céntrica de la casa.

Por otro lado, en el momento de la erupción del volcán se estaban realizando obras en la vivienda y probablemente no estaba en las mejores condiciones para vivir en ella.
Además, como en cualquier ciudad, también había visitantes indeseados. En un altillo utilizado para almacenar recipientes y utensilios del hogar, los arqueólogos encontraron un ánfora que contenía los esqueletos de al menos dos ratones de campo jóvenes, una especie que suele introducirse en viviendas y almacenes en busca de alimento. La presencia de roedores, documentada también en otros yacimientos de la región del Vesubio, recuerda que los habitantes de Pompeya convivían con problemas domésticos muy parecidos a los actuales.
Más allá de los grandes monumentos y de las obras de arte, este hallazgo permite asomarse al lado más íntimo y humano de Pompeya: al de personas que se maquillaban, cuidaban su imagen, perfumaban sus hogares, trabajaban, ahorraban unas monedas, reformaban sus viviendas y conservaban recuerdos de la infancia. Un mundo que quedó detenido en el tiempo en el año 79, cuando el Vesubio sepultó la ciudad.
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