Muere Slavenka Drakulić, la escritora que convirtió la experiencia íntima en una forma de entender la historia

Con la muerte de Slavenka Drakulić el sábado pasado, a sus 77 años, desaparece una de las voces más singulares, lúcidas e influyentes de la literatura y el pensamiento europeo de las últimas décadas. Escritora, periodista, ensayista y observadora infatigable de las transformaciones políticas y morales del continente, Drakulić dedicó su vida a explorar los lugares donde la historia se encuentra con la vida cotidiana, donde la ideología fustiga las mentes y los cuerpos; es decir, donde las grandes turbaciones políticas terminan por marcar los destinos de las personas.

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 La autora y periodista fue pionera del feminismo en Europa del Este y deja un legado fundamental para entender los Balcanes en su época más traumática en la época moderna  

Con la muerte de Slavenka Drakulić el domingo pasado, a sus 77 años, desaparece una de las voces más singulares, lúcidas e influyentes de la literatura y el pensamiento europeo de las últimas décadas. Escritora, periodista, ensayista y observadora infatigable de las transformaciones políticas y morales del continente, Drakulić dedicó su vida a explorar los lugares donde la historia se encuentra con la vida cotidiana, donde la ideología fustiga las mentes y los cuerpos; es decir, donde las grandes turbaciones políticas terminan por marcar los destinos de las personas.

Nacida en Rijeka el 4 de julio de 1949, se formó en literatura comparada y sociología en la Universidad de Zagreb. Sus años de universitaria son los de una Yugoslavia en una nueva fase de consolidación, pero también de madurez crítica con el titoísmo, con sus disfuncionalidades y contradicciones. Mientras otros analizaban la política desde las instituciones y los grandes acontecimientos, ella buscaba comprender cómo las decisiones del poder se incrustaban en la epidermis femenina. Una mirada propia de una periodista con una sensibilidad foucaultiana.

Ahora parece un lugar común, pero el feminismo es una escuela para desvelar las formas más y menos obvias de dominación. Su primer libro de ensayos, Los pecados mortales del feminismo (1984), fue pionero en Europa del Este. En él abordó cuestiones que no ocupaban el centro de la discusión pública en regímenes donde se suponía que la revolución ya había alcanzado la igualdad: la emancipación femenina estaba inconclusa y su evidencia estaba en la represión patriarcal, en la ausencia de liderazgos femeninos, comportamientos abusivos en la intimida sexual, y hasta cuestiones más materiales, como la escasez de productos de higiene femenina o la carga del trabajo doméstico.

La escritora partía de la base de que el cuerpo de la mujer no solo era un territorio físico, sino también político. Se trata de que en la física femenina se proyectan expectativas sociales, estructuras autoritarias y control social. Por un lado, se encuentra su propio recorrido personal, compartido en Hologramas del miedo (1987), una novela con un núcleo autobiográfico, en la que la narradora es una joven que se somete a una compleja operación de trasplante de riñón. La narración en primera persona cambia constantemente del presente a un pasado estratificado que reúne diferentes imágenes de su historia personal, como paciente de una enfermedad renal y, más tarde, como superviviente por partida doble de sendos trasplantes de riñón. Esta novela tendría su continuación en El cuerpo de su cuerpo (2006), donde se relata en clave de reportaje cómo diferentes personas donan sus órganos por puro altruismo.

En Frida o el dolor (2007) explora la vulnerabilidad física de la artista, convirtiendo el dolor en un eje central de su identidad y de su creatividad: “El dolor me hizo consciente de mi cuerpo. El cuerpo me hizo consciente de la decadencia y de la muerte. Esa conciencia me hizo vieja”. Y en Mileva Einstein, teoría de la tristeza (2016) no solo quiso rendirle reconocimiento a la mujer del científico por sus contribuciones, sino también compartir una reflexión sobre la desgracia y el dolor.

Pocos autores lograron borrar las fronteras entre géneros con tanta eficacia. Sus novelas poseían la precisión analítica del periodismo, y sus ensayos se caracterizaban por la intensidad literaria. Su estrategia estaba marcada por convertir detalles aparentemente insignificantes en una radiografía de una época. Algunos con criterio pueden alegar que las temáticas de su obra están constreñidas por un espacio geográfico y temporal limitado, pero cualquiera que haya seguido las últimas tres décadas balcánicas sabe que hay tanta turbulencia como material antropológico para la posteridad. En este sentido, recuerda a la ya fallecida hace unos años Dubravka Ugrešić o a Vedrana Rudan: un producto de una tienda, una conversión trivial, una visita a un hospital o un gesto durante un encuentro son un punto de partida para explicar una dinámica social de amplio espectro sobre el comunismo, la transición democrática, la convivencia o la guerra.

La década de los noventa constituyó un punto de inflexión en su vida. El desmoronamiento de Yugoslavia supuso un trago amargo personal, en lo espiritual y en lo existencial. Drakulić se negó a sumarse a cualquier entusiasmo patriótico. Prefirió mantener una posición humanista, centrada en las víctimas y en los mecanismos perversos que hacían posible y consentían la violencia entre las diferentes partes.

Por este motivo, sus libros encontraron lectores muy lejos de los Balcanes. Fue traducida a más de veinte idiomas y se convirtió en una de las escritoras croatas más conocidas. Sus textos aparecieron en The New York Times, Frankfurter Allgemeine Zeitung, La Repubblica o EL PAÍS. Se puede decir que impidió que una gran parte de la opinión pública occidental cayera en los estereotipos sobre la región, y contribuyó a que también conectara emocionalmente con ella. Apartada de los medios locales, encontró su lugar en los medios extranjeros con los que ya había colaborado antes de la fragmentación yugoslava.

Drakulić emigró de Croacia, tras ser señalada por varios medios de comunicación nacionalista por ser insuficientemente patriota o, incluso, una traidora. En 1992, el sociólogo y escritor croata Slaven Letica publicó un artículo en Globus en el que la acusaba a ella y a otras escritoras de ser unas “brujas” y de “violar” a Croacia. Poco después de la publicación de este texto, Drakulić comenzó a recibir amenazas telefónicas y su propiedad fue vandalizada. Ante la falta de apoyos, situó su residencia en Estocolmo, donde compartiría su vida con el corresponsal y escritor Richard Swartz.

De esa experiencia surgieron tres de sus obras más importantes, Cómo sobrevivimos el comunismo e incluso nos reímos (1992), Balkan Express (1993), Café Europa (1996) y Una visita guiada por el Museo del Comunismo. Fábulas de un ratón, un loro, un oso, un gato, un topo, un cerdo, un perro y un cuervo (2011), libros fundamentales para entender el peso de la fragmentación yugoslava en las almas locales, pero, sobre todo, las complejidades y perversiones de la transición poscomunista. Nunca trató de posicionarse desde el victimismo, sino que sus cuestionamientos más afilados también fueron dirigidos contra los abusos e injusticias de la economía de mercado.

Su aproximación a la guerra fue singular no solo por su faceta disidente, sino por apartarse de las simplificaciones morales. Quería entender cómo personas aparentemente normales podían cometer actos atroces. No matarán ni una mosca (2003) es una de sus crónicas más reconocidas, donde la tesis se convierte en legado transgeneracional y transnacional. La autora extrae de su experiencia, a través de su asistencia a los juicios en el Tribunal de La Haya y analizando los perfiles de varios criminales de guerra, lecciones para el resto de la humanidad: el mal suele adoptar rostros ordinarios y esta posibilidad siempre estará latente. Las circunstancias, el contexto y la anarquía destapan los comportamientos más inesperados.

La existencia de una vida después del horror fue una temática que obsesionó a la autora, cuyo ejemplo más notable fue Como si yo no estuviera (1999). Drakulić realizó cientos de entrevistas para trasladarnos un horripilante panorama de testimonios de mujeres violadas, pero consideró más conveniente la ficción para alcanzar el punto de dramatismo necesario que conectara con los lectores. Para la escritora, “el gran poder de la literatura reside en la capacidad de identificarse”. El libro serviría de inspiración para la película de la realizadora Juanita Wilson.

El año pasado recibió el premio de la Asociación Croata de Periodistas por su larga trayectoria profesional y los lectores podían disfrutar de sus textos en el diario Jutarniji List. Acababa de publicar Por qué no aprendí a cocinar (2026), escrito en clave feminista y autobiográfica.

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