Los idiotas, granjas de bots y el difícil arte de pensar por nosotros

 

Por Miguel M. Reyes Almarza*

Hay una palabra griega que ha envejecido mejor que muchas democracias contemporáneas: idiota.

En la antigua Grecia, idiotes no era el insulto que conocemos hoy. Se refería a quien se desentendía de los asuntos públicos, al ciudadano que prefería encerrarse en su vida privada y renunciaba a participar de la polis. No era necesariamente un tonto, sino alguien que había decidido no hacerse cargo de aquello que pertenecía a todos.

Dos milenios y medio después, el concepto parece haber encontrado una actualización tecnológica. El idiota contemporáneo tiene redes sociales, comenta noticias que no ha leído, comparte videos sin saber de dónde vienen y confunde la repetición con la verdad. Cuando alguien pregunta por la fuente, la respuesta suele ser devastadora: “Pero si está en todas partes”. Y claro que está en todas partes. Para eso existen las granjas de bots.

El caso del argentino Fernando Cerimedo, cuyo nombre ha vuelto a instalarse en el debate político chileno, obliga a mirar una zona incómoda de nuestra democracia: la posibilidad de que parte de la conversación pública no surja espontáneamente de los ciudadanos, sino que sea fabricada, amplificada o artificialmente orientada por redes de cuentas que ni siquiera representan personas reales.

Las investigaciones periodísticas y denuncias recientes han abierto interrogantes sobre eventuales vínculos de Cerimedo con operaciones digitales en el Brasil de Bolsonaro, la Argentina de Milei y hasta en nuestro propio país vinculado estrechamente con sectores de la derecha, particularmente cercanos al Partido Republicano. Pero, precisamente porque hablamos de manipulación informativa, conviene no caer en el mismo vicio: hasta ahora no existe evidencia pública concluyente que permita afirmar que Cerimedo dirigió una operación de bots que eligió a José Antonio Kast como presidente de Chile o que determinó por sí sola el triunfo del Rechazo constitucional.

Kast ha reconocido conocer a Cerimedo, aunque ha negado que este haya trabajado en sus campañas. Las investigaciones deberán establecer si existieron relaciones operativas o políticas que permitan determinar responsabilidades. Afirmar más de lo que sabemos sería tan irresponsable como ignorar lo que ya está sobre la mesa.

Pero una democracia no necesita demostrar que un bot modificó un número exacto de votos para preocuparse de que alguien esté simulando artificialmente la existencia de una opinión pública. Si un grupo organizado consigue hacer parecer mayoritaria una idea que no lo es, puede alterar aquello que los ciudadanos consideran importante y la percepción de lo que “todo Chile” estaría pensando.

La multitud que no existe

El mecanismo es conocido. Una cuenta instala una afirmación; otras la repiten, la convierten en tendencia o atacan a quien la cuestiona. El algoritmo detecta actividad y comienza a mostrar el contenido a usuarios reales. Poco después, alguien concluye que “el tema está instalado”.

Una red de cuentas coordinadas puede producir algo parecido a una realidad social, no porque todos crean una información, sino porque muchos terminan pensando que los demás sí la creen.

El plebiscito constitucional de 2022 terminó con un triunfo contundente del Rechazo: 61,86% frente al 38,14% del Apruebo. Sería absurdo atribuir esos millones de votos exclusivamente a una granja de bots. La propuesta constitucional tenía problemas reales, la Convención cometió errores evidentes y una parte importante de la ciudadanía terminó distanciándose del proceso. Los bots no escribieron la Constitución y nadie fue obligado a votar.

Pero de ahí a sostener que las redes no influyeron en la forma en que el proceso fue comprendido, discutido y caricaturizado hay una distancia considerable. La pregunta no es si los bots “ganaron” el plebiscito, sino cuánto contribuyeron determinadas operaciones digitales a instalar los marcos desde los cuales millones de personas interpretaron lo que ocurría. Desde la eventual expropiación de nuestras viviendas hasta aceptar el aborto incluso en el 9 mes de gestación. Todo debidamente orquestado y planificado desde las redes sociales.

En política no siempre es necesario convencer a alguien. A veces basta con decidir de qué va a hablar todo el mundo.

Lo que queremos escuchar

Aquí aparece la falacia ad populum: algo sería correcto porque “la gente” lo quiere, lo piensa o lo repite. “Los chilenos están cansados”, “todos sabemos que esto no funciona”, “la gente quiere seguridad”, “nadie quiere delincuencia”. El problema es que estas frases pueden comenzar con algo perfectamente razonable para terminar justificando cualquier cosa.

Por supuesto que nadie quiere delincuencia. Pero una preocupación legítima puede transformarse rápidamente en un argumento automático: si usted está preocupado por la seguridad, entonces debe apoyar esta política; si está cansado de los políticos, vote por quien promete destruir la política.

Las operaciones digitales son especialmente eficaces cuando identifican aquello que ya nos preocupa y lo repiten hasta que parece no existir ningún otro problema. Es lo que en comunicación se conoce como “Teoría de agenda”, es decir, luego de instalada la idea, se vuelve una obligación su discusión y amplificación. El bot no necesariamente inventa el miedo. Lo administra.

Y funciona particularmente bien cuando se combina con el sesgo de confirmación, esa tendencia humana a aceptar con mayor facilidad aquello que confirma lo que ya pensamos. Si alguien cree que Chile está dominado por delincuentes, cada video de un portonazo será una prueba, aunque corresponda a otro año, otra ciudad o incluso otro país. El algoritmo ayuda: su negocio consiste en mantenernos mirando la pantalla y pocas cosas funcionan mejor que confirmar -a cada instante-que teníamos razón.

Por otra parte, por sobre el afán por ser los más “inteligentes” de la manada, aparece la famosa verecundiam, esa actitud muy provinciana del chileno medio, de creer que porque algo sale en la tele/medios/redes entonces es más legítimo que lo que cada cual pueda pensar. No corregimos, no fiscalizamos, no sospechamos de las ideas de moda porque “por algo están allí…”. A veces la modestia no es más que ignorancia y escasa voluntad.

Kast y las explicaciones cómodas

Explicar la llegada de José Antonio Kast a la Presidencia exclusivamente mediante bots sería intelectualmente pobre. Kast no llegó a La Moneda porque alguien presionó un botón desde una habitación llena de teléfonos. Su triunfo respondió a una demanda de orden, seguridad y estabilidad que atravesaba sectores mucho más amplios que su electorado tradicional. También influyeron los errores de sus adversarios, el desgaste político y una ciudadanía que llegó al proceso electoral con una visión pesimista del país.

Pero tampoco podemos caer en el extremo contrario. Si se demuestra que existieron operaciones coordinadas vinculadas a sectores políticos que apoyaron a Kast, estas no reemplazarían las causas de su triunfo, pero podrían haber contribuido a organizar el escenario informativo en el que esas causas fueron interpretadas.

La propaganda contemporánea ya no necesita decirnos qué pensar. Puede ser más eficiente decidir qué veremos veinte veces antes de tomar desayuno.

Farmear aura y participar

Mientras algunos adultos intentan entender qué significa “farmear aura”, miles de jóvenes están haciendo algo que merece una lectura política menos condescendiente. Se reúnen en plazas, bailan, ocupan espacios públicos y construyen una estética propia.

No toda acción política necesita venir acompañada de un manifiesto para ser política. Hay algo profundamente democrático en estar en el espacio público y encontrarse con personas reales.

Quizás esos jóvenes que “farmean aura” estén haciendo algo más cercano a la ciudadanía que quienes pasan horas compartiendo información diseñada para confirmar sus prejuicios. ¿Quién es el cristal aquí?

El antiguo idiotes se retiraba de la polis. El nuevo idiota ni siquiera necesita retirarse: puede convencerse de que participa porque comenta, de que investiga porque busca aquello que ya cree y de que discute porque bloquea a quienes piensan distinto.

Ese es uno de los grandes triunfos de la política digital: hacernos creer que participamos cuando, muchas veces, simplemente reaccionamos.

El verdadero burlado

La víctima principal de una campaña de manipulación política no es necesariamente el candidato opositor atacado por cuentas falsas. El verdadero burlado es el votante.

Es el ciudadano que cree estar tomando una decisión completamente libre sin saber que alguien puede haber intervenido artificialmente el ambiente informativo en el que esa decisión se forma. Un bot no vota, pero puede intentar decidir qué considerará importante quien sí lo hace.

Por eso el problema no es exclusivamente tecnológico. Es democrático. Si dejamos de verificar, contrastar y mirar por nosotros mismos, ni siquiera necesitamos una conspiración particularmente sofisticada. Basta con suficientes teléfonos y nuestra disposición a creer que algo es verdadero porque apareció varias veces en una pantalla.

Quizás esa sea la pregunta más incómoda que deja el caso Cerimedo. No sabemos todavía hasta dónde llegan sus vínculos, sus operaciones o su eventual influencia en Chile. Eso deberá determinarlo una investigación seria y cualquier conclusión anticipada sería irresponsable.

Pero ninguna Fiscalía podrá resolver por nosotros el problema de fondo. Porque ningún bot puede obligarnos a leer, ningún algoritmo puede impedirnos contrastar información y ninguna granja digital puede convertirnos, por sí sola, en idiotas.

Para eso todavía necesitamos hacer nuestra parte.

* Periodista e investigador en pensamiento crítico.

La entrada Los idiotas, granjas de bots y el difícil arte de pensar por nosotros se publicó primero en El Periodista.

 Por Miguel M. Reyes Almarza* Hay una palabra griega que ha envejecido mejor que muchas democracias contemporáneas: idiota. En la antigua Grecia, idiotes no era el insulto que conocemos hoy. Se refería a quien se desentendía de los asuntos públicos, al ciudadano que prefería encerrarse en su vida privada y renunciaba a participar de la
La entrada Los idiotas, granjas de bots y el difícil arte de pensar por nosotros se publicó primero en El Periodista.  

Por Miguel M. Reyes Almarza*

Hay una palabra griega que ha envejecido mejor que muchas democracias contemporáneas: idiota.

En la antigua Grecia, idiotes no era el insulto que conocemos hoy. Se refería a quien se desentendía de los asuntos públicos, al ciudadano que prefería encerrarse en su vida privada y renunciaba a participar de la polis. No era necesariamente un tonto, sino alguien que había decidido no hacerse cargo de aquello que pertenecía a todos.

Dos milenios y medio después, el concepto parece haber encontrado una actualización tecnológica. El idiota contemporáneo tiene redes sociales, comenta noticias que no ha leído, comparte videos sin saber de dónde vienen y confunde la repetición con la verdad. Cuando alguien pregunta por la fuente, la respuesta suele ser devastadora: “Pero si está en todas partes”. Y claro que está en todas partes. Para eso existen las granjas de bots.

El caso del argentino Fernando Cerimedo, cuyo nombre ha vuelto a instalarse en el debate político chileno, obliga a mirar una zona incómoda de nuestra democracia: la posibilidad de que parte de la conversación pública no surja espontáneamente de los ciudadanos, sino que sea fabricada, amplificada o artificialmente orientada por redes de cuentas que ni siquiera representan personas reales.

Las investigaciones periodísticas y denuncias recientes han abierto interrogantes sobre eventuales vínculos de Cerimedo con operaciones digitales en el Brasil de Bolsonaro, la Argentina de Milei y hasta en nuestro propio país vinculado estrechamente con sectores de la derecha, particularmente cercanos al Partido Republicano. Pero, precisamente porque hablamos de manipulación informativa, conviene no caer en el mismo vicio: hasta ahora no existe evidencia pública concluyente que permita afirmar que Cerimedo dirigió una operación de bots que eligió a José Antonio Kast como presidente de Chile o que determinó por sí sola el triunfo del Rechazo constitucional.

Kast ha reconocido conocer a Cerimedo, aunque ha negado que este haya trabajado en sus campañas. Las investigaciones deberán establecer si existieron relaciones operativas o políticas que permitan determinar responsabilidades. Afirmar más de lo que sabemos sería tan irresponsable como ignorar lo que ya está sobre la mesa.

Pero una democracia no necesita demostrar que un bot modificó un número exacto de votos para preocuparse de que alguien esté simulando artificialmente la existencia de una opinión pública. Si un grupo organizado consigue hacer parecer mayoritaria una idea que no lo es, puede alterar aquello que los ciudadanos consideran importante y la percepción de lo que “todo Chile” estaría pensando.

La multitud que no existe

El mecanismo es conocido. Una cuenta instala una afirmación; otras la repiten, la convierten en tendencia o atacan a quien la cuestiona. El algoritmo detecta actividad y comienza a mostrar el contenido a usuarios reales. Poco después, alguien concluye que “el tema está instalado”.

Una red de cuentas coordinadas puede producir algo parecido a una realidad social, no porque todos crean una información, sino porque muchos terminan pensando que los demás sí la creen.

El plebiscito constitucional de 2022 terminó con un triunfo contundente del Rechazo: 61,86% frente al 38,14% del Apruebo. Sería absurdo atribuir esos millones de votos exclusivamente a una granja de bots. La propuesta constitucional tenía problemas reales, la Convención cometió errores evidentes y una parte importante de la ciudadanía terminó distanciándose del proceso. Los bots no escribieron la Constitución y nadie fue obligado a votar.

Pero de ahí a sostener que las redes no influyeron en la forma en que el proceso fue comprendido, discutido y caricaturizado hay una distancia considerable. La pregunta no es si los bots “ganaron” el plebiscito, sino cuánto contribuyeron determinadas operaciones digitales a instalar los marcos desde los cuales millones de personas interpretaron lo que ocurría. Desde la eventual expropiación de nuestras viviendas hasta aceptar el aborto incluso en el 9 mes de gestación. Todo debidamente orquestado y planificado desde las redes sociales.

En política no siempre es necesario convencer a alguien. A veces basta con decidir de qué va a hablar todo el mundo.

Lo que queremos escuchar

Aquí aparece la falacia ad populum: algo sería correcto porque “la gente” lo quiere, lo piensa o lo repite. “Los chilenos están cansados”, “todos sabemos que esto no funciona”, “la gente quiere seguridad”, “nadie quiere delincuencia”. El problema es que estas frases pueden comenzar con algo perfectamente razonable para terminar justificando cualquier cosa.

Por supuesto que nadie quiere delincuencia. Pero una preocupación legítima puede transformarse rápidamente en un argumento automático: si usted está preocupado por la seguridad, entonces debe apoyar esta política; si está cansado de los políticos, vote por quien promete destruir la política.

Las operaciones digitales son especialmente eficaces cuando identifican aquello que ya nos preocupa y lo repiten hasta que parece no existir ningún otro problema. Es lo que en comunicación se conoce como “Teoría de agenda”, es decir, luego de instalada la idea, se vuelve una obligación su discusión y amplificación. El bot no necesariamente inventa el miedo. Lo administra.

Y funciona particularmente bien cuando se combina con el sesgo de confirmación, esa tendencia humana a aceptar con mayor facilidad aquello que confirma lo que ya pensamos. Si alguien cree que Chile está dominado por delincuentes, cada video de un portonazo será una prueba, aunque corresponda a otro año, otra ciudad o incluso otro país. El algoritmo ayuda: su negocio consiste en mantenernos mirando la pantalla y pocas cosas funcionan mejor que confirmar -a cada instante-que teníamos razón.

Por otra parte, por sobre el afán por ser los más “inteligentes” de la manada, aparece la famosa verecundiam, esa actitud muy provinciana del chileno medio, de creer que porque algo sale en la tele/medios/redes entonces es más legítimo que lo que cada cual pueda pensar. No corregimos, no fiscalizamos, no sospechamos de las ideas de moda porque “por algo están allí…”. A veces la modestia no es más que ignorancia y escasa voluntad.

Kast y las explicaciones cómodas

Explicar la llegada de José Antonio Kast a la Presidencia exclusivamente mediante bots sería intelectualmente pobre. Kast no llegó a La Moneda porque alguien presionó un botón desde una habitación llena de teléfonos. Su triunfo respondió a una demanda de orden, seguridad y estabilidad que atravesaba sectores mucho más amplios que su electorado tradicional. También influyeron los errores de sus adversarios, el desgaste político y una ciudadanía que llegó al proceso electoral con una visión pesimista del país.

Pero tampoco podemos caer en el extremo contrario. Si se demuestra que existieron operaciones coordinadas vinculadas a sectores políticos que apoyaron a Kast, estas no reemplazarían las causas de su triunfo, pero podrían haber contribuido a organizar el escenario informativo en el que esas causas fueron interpretadas.

La propaganda contemporánea ya no necesita decirnos qué pensar. Puede ser más eficiente decidir qué veremos veinte veces antes de tomar desayuno.

Farmear aura y participar

Mientras algunos adultos intentan entender qué significa “farmear aura”, miles de jóvenes están haciendo algo que merece una lectura política menos condescendiente. Se reúnen en plazas, bailan, ocupan espacios públicos y construyen una estética propia.

No toda acción política necesita venir acompañada de un manifiesto para ser política. Hay algo profundamente democrático en estar en el espacio público y encontrarse con personas reales.

Quizás esos jóvenes que “farmean aura” estén haciendo algo más cercano a la ciudadanía que quienes pasan horas compartiendo información diseñada para confirmar sus prejuicios. ¿Quién es el cristal aquí?

El antiguo idiotes se retiraba de la polis. El nuevo idiota ni siquiera necesita retirarse: puede convencerse de que participa porque comenta, de que investiga porque busca aquello que ya cree y de que discute porque bloquea a quienes piensan distinto.

Ese es uno de los grandes triunfos de la política digital: hacernos creer que participamos cuando, muchas veces, simplemente reaccionamos.

El verdadero burlado

La víctima principal de una campaña de manipulación política no es necesariamente el candidato opositor atacado por cuentas falsas. El verdadero burlado es el votante.

Es el ciudadano que cree estar tomando una decisión completamente libre sin saber que alguien puede haber intervenido artificialmente el ambiente informativo en el que esa decisión se forma. Un bot no vota, pero puede intentar decidir qué considerará importante quien sí lo hace.

Por eso el problema no es exclusivamente tecnológico. Es democrático. Si dejamos de verificar, contrastar y mirar por nosotros mismos, ni siquiera necesitamos una conspiración particularmente sofisticada. Basta con suficientes teléfonos y nuestra disposición a creer que algo es verdadero porque apareció varias veces en una pantalla.

Quizás esa sea la pregunta más incómoda que deja el caso Cerimedo. No sabemos todavía hasta dónde llegan sus vínculos, sus operaciones o su eventual influencia en Chile. Eso deberá determinarlo una investigación seria y cualquier conclusión anticipada sería irresponsable.

Pero ninguna Fiscalía podrá resolver por nosotros el problema de fondo. Porque ningún bot puede obligarnos a leer, ningún algoritmo puede impedirnos contrastar información y ninguna granja digital puede convertirnos, por sí sola, en idiotas.

Para eso todavía necesitamos hacer nuestra parte.

* Periodista e investigador en pensamiento crítico.

 Salud y Sociedad archivos – El Periodista

Te Puede Interesar