
La frase del título es propiedad de un usuario de X de nombre indescifrable, pero recoge el sentimiento de muchos aficionados y espectadores que el pasado domingo se emocionaron con las diabluras heterodoxas de Antonio Ferrera en la plaza de Las Ventas. “Dadme más Ferreras y menos pegapases”, dadme más toreros que rompan las normas y traten de encontrar nuevos caminos en la tauromaquia, aunque parezcan locos herejes, y menos funcionarios que desesperan el sentimiento de quienes acuden a una plaza a la búsqueda de unas gotas de felicidad.
Muchos fueron felices el domingo, y otros se sintieron ofendidos por las ‘locuras’ inesperadas de un torero diferente
La frase del título es propiedad de un usuario de X de nombre indescifrable, pero recoge el sentimiento de muchos aficionados y espectadores que el pasado domingo se emocionaron con las diabluras heterodoxas de Antonio Ferrera en la plaza de Las Ventas. “Dadme más Ferreras y menos pegapases”, dadme más toreros que rompan las normas y traten de encontrar nuevos caminos en la tauromaquia, aunque parezcan locos herejes, y menos funcionarios que desesperan el sentimiento de quienes acuden a una plaza a la búsqueda de unas gotas de felicidad.
Muchos fueron felices el domingo, y otros se sintieron ofendidos por las locuras inesperadas de un torero diferente y decidido a sorprender; que nadie se sonroje por ello porque la emoción siempre es bienvenida, ni se rasgue las vestiduras ante el derrumbe de las columnas del templo de la ortodoxia. La tauromaquia es pura subjetividad, una corriente eléctrica desconocida que en un momento determinado deslumbra a unos o enerva a otros, y ambas reacciones son válidas porque ya se sabe que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y el pasado domingo, quizá sin saber por qué, la mayoría de los que estaban en la plaza sintieron un calambre tan desconocido como reconfortante.
Guste o no, Antonio Ferrera no es un payaso; ni un recién llegado, ni un advenedizo. No es, tampoco, la gran figura del toreo que apuntó hace años, quizá porque es un ser humano que vive en otro mundo, atormentado, tal vez, libérrimo de nacimiento, extraño, ajeno al mundo taurino, con ideas aceleradas y contradictorias en una cabeza caliente, a punto de explosionar, de modo que corre el peligro de que todo, incluida la persona, se rompa en mil pedazos ante la incomprensión pasiva de los demás.

Antonio Ferrera es un torero grande, y quizá ni él mismo se reconozca como tal; pero lo es, tan grande como iconoclasta y extraño.
Nació en Ibiza el 9 de febrero de 1978, —su padre, guardia civil, estaba destinado en la isla— se crio en Extremadura, tomó la alternativa en Olivenza el 2 de marzo de 1997, y su hoja de servicios está plagada de honrosas medallas para cualquiera que se vista de luces. No es un niño, ha cumplido ya 48 años, y 29 como matador de toros. Ha salido cuatro veces por la Puerta Grande de Las Ventas: el 17 de mayo de 2002, el 1 de junio de 2019, el 5 de octubre de ese mismo año, y este pasado domingo; en esta misma plaza se ha encerrado dos veces en solitario con seis toros, en una de ellas con reses de Adolfo Martín, la misma ganadería con la que acaba de triunfar ahora. En 2017 fue el triunfador absoluto de la Feria de Abril de Sevilla y se alzó con ese premio y los de mejor faena de muleta y toreo de capa, y solo cortó una oreja en dos tardes. ¡Algo habría hecho para tales reconocimientos…! Y el 14 de julio de 2022 se anunció con seis toros de Miura en la feria de San Fermín a beneficio de la Casa de Misericordia. Esa tarde, sin suerte, por el escaso juego de los toros legendarios, también se subió a un caballo de picar en el que cerraba plaza.
Ha sufrido más de 40 cornadas, y a lo largo de su larga carrera ha demostrado que es un torero clásico e innovador, dominador de las distintas suertes, comprometido con su vocación, y en la búsqueda constante de nuevos vértices de una tauromaquia que él parece vivir con un entusiasmo desmedido.
Quizá, ahí podría residir el origen de esas ‘locuras’ de las que hace gala cuando su ser humano lo traiciona y lo fuerza a convertirse en un genio incomprendido.
Puede gustar o no, -los sentimientos que puede provocar la tauromaquia son infinitos-, pero Antonio Ferrera es un torero respetable y respetado que este domingo sorprendió a todos, deslumbró a muchos y molestó a otros. Pero nadie quedó indiferente. ¿Para qué vamos todos, si no, a una plaza de toros?
¿Qué hubiera pasado si esas ‘locuras’ las protagoniza una genial figura de La Puebla del Río? ¿Alguien se hubiera sorprendido?
Tiene razón el usuario de X: ‘Dadme más Ferreras y menos pegapases’. Dadme más toreros geniales que me sacudan, que provoquen y lleguen a poner en duda mi fe en los principios tradicionales, y menos pegapases insufribles que me producen dolores en los huesos y daños, a veces irreversibles, en mi alma de cándido aficionado.
En marzo de 2018 cuando viajó a Sevilla para recoger los tres premios que había ganado en la última Feria de Abril, concedió una entrevista a este periódico y desgranó ya entonces una filosofía personal nada fácil de entender.
“La imprevisibilidad es fundamental para la creación artística; ciertamente, no todo debe ser imprevisible, pero está presente en el arte, en los sentimientos, en el alma. Para mí, es una de las bases que sostienen la verdad del toreo, donde la vida y la muerte están a flor de piel”, decía Ferrera. “Me gusta la soledad sana. La naturaleza es mi cobijo, porque no solo es el campo, son los árboles, los animales… En la ciudad me siento más solo y desprotegido…”
Ese es el torero valeroso, innovador, clarividente, inspirado… el artista transfigurado que bucea en el océano taurino nuevos tesoros y que nadie sabe si los encontrará alguna vez o ya los ha encontrado sin que él mismo lo sepa.
Lo que está claro es que Antonio Ferrera no es un chaval con pájaros en la cabeza, ni un recién llegado, ni un advenedizo. Es un torero loco, como lo están todos, y cuando las ideas se le agolpan y atropellan es capaz de crear un chispazo que a nadie deja indiferente. Esa es la grandeza de algunos de los que tienen la fortuna de vestirse de luces.
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