Las aguas del Mediterráneo están llenas de recuerdos de viejas civilizaciones que han conectado el saber de varios continentes. Los intercambios entre España e Italia guardan la huella de enriquecimientos comerciales, científicos y culturales. Cada acuerdo económico dejaba una estela de saber que acabaría siendo recreada entre ambas zonas geográficas y, gracias a esos intercambios, los reinos hispanos fueron los primeros territorios de Occidente sensibles a las manifestaciones artísticas del Trecento italiano, el paso de la Edad Media a los comienzos del Renacimiento.
El Prado inaugura la exposición ‘A la manera de Italia. España y el Gótico mediterráneo (1320 – 1420)’, que reúne un centenar de obras
Las aguas del Mediterráneo están llenas de recuerdos de viejas civilizaciones que han conectado el saber de varios continentes. Los intercambios entre España e Italia guardan la huella de enriquecimientos comerciales, científicos y culturales. Cada acuerdo económico dejaba una estela de saber que acabaría siendo recreada entre ambas zonas geográficas y, gracias a esos intercambios, los reinos hispanos fueron los primeros territorios de Occidente sensibles a las manifestaciones artísticas del Trecento italiano, el paso de la Edad Media a los comienzos del Renacimiento.
Para ilustrar esta etapa, el Museo del Prado inaugura el próximo martes 26 la exposición A la manera de Italia. España y el Gótico mediterráneo (1320 – 1420). Patrocinada por el BBVA, se podrá visitar hasta el 20 de septiembre. Miguel Falomir, director del museo, califica la muestra de “imprescindible” y, en aras de la transparencia, detalló que ha tenido un presupuesto de 1.287.225,33 euros.

Joan Molina, jefe de pintura europea hasta 1.500, es el comisario de esta exposición para la que ha conseguido reunir un centenar de obras: 31 han sido prestadas por instituciones españolas y 25 por extranjeras. Realizadas sobre diferentes soportes, 21 han sido restauradas en los talleres del Prado. Gran parte de ellas no había sido vista por el gran público, porque sus propietarios son compañías religiosas que las mantienen en espacios dedicados al culto. Cataluña, Aragón y Baleares son las zonas de las que provienen el mayor número de piezas.
La exposición se despliega sobre diferentes salas dejando un fulgor dorado subrayado por el azul gótico de las paredes. El oro es, precisamente, la característica más distintiva de una etapa que, en palabras del comisario, podría verse como una precuela del Renacimiento. O, añade Molina, una manifestación “Anti-Prado”, en el sentido de que el Trecento utiliza el oro sobre tabla. Después, y de ello da fe el museo, viene la gran pintura del óleo sobre lienzo de Tiziano, Rubens, Velázquez o Fortuny.
Cuando se le pregunta al comisario por las grandes diferencias de la etapa que se aborda en esta exposición responde que pocos períodos han sido tan sofisticados y originales como este. La elección de los artistas pretende ilustrar esa rareza. Durante el recorrido por las salas, Molina desgrana nombres de autores italianos como Ambrogio Lorenzetti, Gherardo Starnina, Lupo di Francesco, Barnaba da Modena, Andrea di Petruccio o Geri Lapi. Entre los maestros españoles destaca a Ferrer y Arnau Bassa, los hermanos Serra, Pedro de Córdoba o Miquel Alcañiz.

Las piezas compiten por su originalidad. Una de las más singulares es el Retablo de San Julián y Santa Lucía, de Pere Serra y Jaume Serra Temple, pintado con temple y pan de oro sobre tabla (hacia 1384-85), del Monasterio de la Resurrección de las Canonesas del Santo Sepulcro, en Zaragoza. En la pieza se ve una de las escasas imágenes de Jesucristo pintado completamente desnudo, una manera de acentuar el dolor, según entendieron los artistas.
Los retablos que se suceden en la muestra se convirtieron en el objeto más solicitado para celebrar el culto religioso. Y además, fueron también el soporte perfecto para la experimentación de las sofisticadas técnicas de la pintura polimatérica. “Como en Italia”, recuerda el comisario, “la aplicación del oro no es un mero adorno, sino toda una estrategia estética que permite emular texturas y suntuosidades de tejidos de lujo, brocados y joyas. Incluso va más allá, y logra transformar las superficies de los grandes conjuntos pictóricos en un fondo activo que absorbe y modula la luz según la intensidad y el punto de vista. En manos de los pintores trecentistas hispanos, el retablo se transformó en una auténtica experiencia óptica y simbólica”.
La otra cara de la exposición se centra en la huella que los pueblos de la península Ibérica dejaron en los visitantes. En esta parte del recorrido, el mayor protagonismo se lo lleva Gherardo Starnina, artista florentino que trabajó en España. Su Virgen de la humildad (hacia 1.400) está realizada al temple con pan de oro sobre tabla, propiedad de la Universidad de Cleveland (Estados Unidos).
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