“El pasado es un lugar provechoso para recabar ideas”, deslizaba hace pocas semanas Paul McCartney a la revista británica Mojo en torno a The Boys of Dungeon Lane, las flamantes 14 nuevas canciones que vuelven a colocarle, pocos días antes de celebrar su cumpleaños número 84, en la primera línea de la actualidad. En ese sentido, el disco en solitario número 18 del antiguo Beatle, publicado este viernes, constituye un ejercicio evidente de nostalgia, pero no tanto de los tiempos gloriosos como de la infancia cándida y de aquella adolescencia marcada de manera indeleble por la pérdida temprana y terrible de la figura materna. Y lo más prodigioso es que, lejos de parecer un álbum complaciente, tristón o ensimismado, se convierte en la puesta al día de un legado infinito. Tanto como para erigirse, con poco margen para la duda, en el segundo mejor trabajo de su ilustrísimo firmante a lo largo del siglo XXI, solo por detrás de aquel inconmensurable Chaos and Creation in the Backyard (2005).
El decimoctavo elepé solista del ‘exBeatle’ retrata a un creador cada vez más hipersensible, pero muy comprometido con la canción minuciosa
“El pasado es un lugar provechoso para recabar ideas”, deslizaba hace pocas semanas Paul McCartney a la revista británica Mojo en torno a The Boys of Dungeon Lane, las flamantes 14 nuevas canciones que vuelven a colocarle, pocos días antes de celebrar su cumpleaños número 84, en la primera línea de la actualidad. En ese sentido, el disco en solitario número 18 del antiguo Beatle, publicado este viernes, constituye un ejercicio evidente de nostalgia, pero no tanto de los tiempos gloriosos como de la infancia cándida y de aquella adolescencia marcada de manera indeleble por la pérdida temprana y terrible de la figura materna. Y lo más prodigioso es que, lejos de parecer un álbum complaciente, tristón o ensimismado, se convierte en la puesta al día de un legado infinito. Tanto como para erigirse, con poco margen para la duda, en el segundo mejor trabajo de su ilustrísimo firmante a lo largo del siglo XXI, solo por detrás de aquel inconmensurable Chaos and Creation in the Backyard (2005).
Hace tiempo que este McCartney viejito ha perdido vigor vocal, lo que se traduce en ese menor alcance en la franja aguda y una ligera sensación de flaqueza en el tramo central de la tesitura. Pero la fragilidad interpretativa de este octogenario irrepetible acaba traduciéndose en una cercanía fresquísima con el oyente, atónito al comprobar desde la misma apertura, As you Lie There, cómo Macca puede congeniar recitado, balada y arrebato rockero en poco más de cuatro minutos.
Los cambios de ritmos y tesituras, ya incardinados en el ADN melódico durante los tiempos de los Wings, afloran aquí y allá, pero ahora mismo no hay nada que excite tanto a nuestro querido sir Paul como saltarse los patrones armónicos y desconcertarnos con los volantazos de una escritura nada predecible. Puede que nos despistemos de buenas a primeras; a la altura de la tercera o cuarta escucha, estamos hartándonos a llorar de la emoción.
La primera mitad del álbum se sostiene en torno al embrujo de la colosal Days We Left Behind, adelanto inicial del disco y una recopilación agridulce de escenas infantiles enhebradas en torno a una melodía de apariencia sencilla y hermosísimo efecto melancólico. Pero es en la segunda mitad donde el liverpuliano más ilustre derrama sin miramientos el tarro de las esencias. Asoman ahí dos títulos enormes, el evanescente Never Know y una canción de amor a la vieja usanza, Life Can Be Hard, que solo puede concebir una pluma sublime. El primero deriva en unos juegos vocales que parecen un brindis a Pet Sounds, antes de culminar con una flauta de aire escocés en la línea de Pipes of Peace. El segundo, una melodía prodigiosa que parece brotarle de los labios por ciencia infusa, incluye adornos de metales y hasta un deje cabaretero (¡ese clarinete, por Dios!) que nos remite, casi seis décadas después, al ideario estipulado con When I’m Sixty-four.
La producción del treintañero Andrew Watt, el mismo que tuteló a los Rolling Stones de Hakney Diamonds (2023), aporta frescura y un pellizco de osadía, pero a la postre es McCartney y solo McCartney, con todo su poso vital y sentimental, el que convierte este The Boys of Dungeon Lane en un tesoro más allá de la dimensión mediática del firmante. Resulta encantador, claro, encontrarnos con el cantarín dúo de Paul y Ringo Starr para Home to Us, un brindis por un legado irrepetible al que se suman dos herederas naturales, Chrissie Hynde (Pretenders) y Sharleen Spiteri (Texas). Pero aglutinan más chicha pequeños prodigios tardíos como First Star of the night (que parece remitir a Every Night, del homónimo primer elepé solista, allá por 1970), los esbozos de big band para Salesman Saint o el tremebundo epílogo de Momma Gets By, una balada orquestal sentidísima y emocionante.
No sabemos cuántos discos tendrá aún tiempo McCartney de enhebrar, y de ahí que cada nueva entrega nos produzca una mezcla de alivio y de un desasosiego casi metafísico. The Boys… tiene el mérito de dejar alto el pabellón sin recurrir a las fanfarrias. Parece un disco humilde, más aún con esa escuetísima portada de iconografía urbana, pero acaba volviéndose enorme.
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