Cristina Fernández Cubas, escritora de otra realidad

Cristina Fernández Cubas, en Barcelona en 2016.

He aquí que hay una niña rara dentro de un cuadro. Es la niña que alguien ha pintado y que la escritora está escudriñando. ¿Que dónde lo hace? En un relato que es una situación, un pequeño mundo —el mundo de esa escritora ante ese cuadro, el mundo de esa escritora, en realidad, dentro, para siempre, de ese cuadro—. La escritora es una de las voces —todo en sus relatos son voces, protagonistas a quienes la realidad se les ha ampliado, o les ha crecido, se les ha vuelto no fiable— irredentamente ingeniosas, incorruptibles, fabulosas —en más de un sentido— de Cristina Fernández Cubas, la mujer, la escritora, la relata-fábulas-fantástico-interiores —oh, sí, su fantástico es un fantástico de interiores, como lo fue, lo será para siempre, el fantástico de Silvina Ocampo—, que nunca jamás ha cejado en su empeño de escapar a su manera de esto, lo que sea, que nos rodea, la realidad, eso tan pequeño aquí fuera pero que, por momentos, en la página, se vuelve algo enorme.

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 La escritora catalana, premio Cervantes 2026, ha abierto infinidad de puertas, todas a sus lectores, y lectoras, en especial, a aquellos que se han vuelto escritores y escritoras  

He aquí que hay una niña rara dentro de un cuadro. Es la niña que alguien ha pintado y que la escritora está escudriñando. ¿Que dónde lo hace? En un relato que es una situación, un pequeño mundo —el mundo de esa escritora ante ese cuadro, el mundo de esa escritora, en realidad, dentro, para siempre, de ese cuadro—. La escritora es una de las voces —todo en sus relatos son voces, protagonistas a quienes la realidad se les ha ampliado, o les ha crecido, se les ha vuelto no fiable— irredentamente ingeniosas, incorruptibles, fabulosas —en más de un sentido— de Cristina Fernández Cubas, la mujer, la escritora, la relata-fábulas-fantástico-interiores —oh, sí, su fantástico es un fantástico de interiores, como lo fue, lo será para siempre, el fantástico de Silvina Ocampo—, que nunca jamás ha cejado en su empeño de escapar a su manera de esto, lo que sea, que nos rodea, la realidad, eso tan pequeño aquí fuera pero que, por momentos, en la página, se vuelve algo enorme.

Todo escritor, toda escritora, se detuvo en el tiempo en algún momento. Despertó a esa, su vocación —su forma de vida rara—, y se apartó para siempre de los demás, siguió su camino, y, con el paso del tiempo, ese camino se volvió infinitamente más solitario de lo que lo había sido nunca pero el escritor, la escritora, no lo abandonó, porque ese camino era él, era, en este caso (ELLA). Si algo admiro, y lo hago profundamente, de Cristina Fernández Cubas —que este año coincidirá con su querido Enrique, Enrique Vila-Matas, en la ceremonia de entrega de sus respectivos y esperados, y justísimos galardones (POR FIN) (SÍ)— es que nunca ha tirado la toalla. Si es raro ser, como la niña del cuadro, rara hoy —y cada vez, al parecer, lo es más, inexplicable y lamentablemente—, no puedo imaginar lo que debió ser serlo entonces, en 1980, el año en que publicó Mi hermana Elba. Oh, leánla. Siempre pensé que era una asignatura pendiente de este país. Hasta hoy.

Porque si algo no se entiende en España —o no se entiende lo suficiente— a menudo queda oculto por aquello que, aparentemente, sí lo hace, y el tiempo pasa, y tú, como escritora, sigues tu camino, abriendo puertas —sí, Cristina Fernández Cubas ha abierto infinidad de puertas, todas a sus lectores, y lectoras, en especial, a aquellos que se han vuelto escritores y escritoras, y que tan afortunados se sintieron al encontrarla, una igual, una maestra, en su propia lengua, en su propio universo, una leyenda no lo suficientemente a la vista—, y cavando, avanzando en aquello en que se ha convertido tu Obra, o lo ha sido desde el principio, en aquello que no tienes más remedio que ser, la niña rara del cuadro, que, cuando esté segura de que ya no hay peligro se irá a casa, muy lejos, a ese lugar en el que, como diría la narradora del relato —por cierto, Interno con figura— no existimos, o parece que podríamos pertenecer a otra realidad.

Cristina Fernández Cubas es la escritora que pertenece a esa otra realidad. Pero ha estado siempre en la nuestra. También. Como una espía. Como una agente doble. Yendo y viniendo a un mundo fantástico. Aterrador. Fabuloso. Distinto. El mundo que se abre cuando se imagina, y se abandona lo que se ha impuesto. El mundo que solo existe para el que aún sueña. Es por eso que la literatura de Fernández Cubas —un tesoro nacional, por fin reconocido— escudriña, oh, esa palabra misteriosa que tanto le gusta, esa palabra que entrecierra los ojos, como ella misma, cuando, sobre todo cuentos mediante —no hay hermana pequeña en nada de lo que ha hecho, todo son palabras mayores— dice (ESTO PODRÍA NO SER LO QUE PARECE) y (SEGURAMENTE NO LO SEA) o, más bien, (PARA MÍ JAMÁS NADA LO SERÁ). Y está bien que así sea, querida Cristina.

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