Por la noche caerían las bombas fascistas, como tantas otras noches en aquel verano de metralla y horror. Pero esa tarde, la tarde del domingo 29 de agosto del 37, Valencia, la capital de la República, se llenó de teatro.
El hallazgo de 45 imágenes del fotoperiodista alemán Walter Reuter, tomadas en Valencia en 1937, muestra la representación más masiva de la compañía que llevó el teatro clásico a los pueblos y a los frentes
Por la noche caerían las bombas fascistas, como tantas otras noches en aquel verano de metralla y horror. Pero esa tarde, la tarde del domingo 29 de agosto del 37, Valencia, la capital de la República, se llenó de teatro.
Un año y 11 noches después del fusilamiento del poeta Federico García Lorca, con la Guerra Civil desangrando el país, La Barraca, la llamada segunda Barraca, la continuación del utópico proyecto dirigido por Lorca que había llevado el teatro universitario hasta los pueblos más perdidos de España para instruir y divertir a sus gentes, se subió a un escenario de los jardines de Viveros para representar tres entremeses de Cervantes.
Aquel no era un espectáculo más. Para los intelectuales, ver de nuevo el emblema de la máscara y la rueda de carro de la compañía impulsada y dirigida por Lorca significaba que ni la guerra ni el fascismo habían logrado destruir el alma cultural de la España republicana. Y ese momento tan simbólico, que pudo haberse perdido en la noche de los tiempos con los seis párrafos de la crónica publicada en el diario Adelante, cobra ahora un esplendor inusitado al haber aparecido 45 fotografías inéditas de aquella función.




Las imágenes las tomó el fotógrafo alemán Walter Reuter (Berlín, 1906-Cuernavaca, México, 2005) que había escapado de los nazis con su esposa judía en 1933 y que, asentado en España al estallar la guerra, se había enrolado en el bando republicano con su cámara de fotos como arma.
Reuter trabajaba para el Comisariado de Propaganda del Gobierno republicano. Un mes antes había cubierto, como fotógrafo oficial, el segundo congreso internacional de escritores en defensa de la cultura. También había hecho fotos para la segunda edición de la Cartilla escolar antifascista, así como reportajes gráficos sobre las colonias de niños evacuados, los institutos obreros creados por el gobierno, los brigadistas internacionales que luchaban por la República, la vida en los frentes de guerra de Albacete y Guadalajara o la reunión de las Cortes en la Llotja de Valencia, que decidió el traslado del Gobierno y de la capitalidad republicana a Barcelona.

En febrero del 39, cuando la República estaba acorralada y a punto de desmoronarse, Reuter escapó a Francia para salvar la vida. Otra huida, otra frontera, otra guerra en ciernes. Durante tres cuartos de siglo, mucho más allá de su muerte, en 2005, sus archivos se creyeron perdidos. Sin embargo, sus fotos de la guerra española permanecían escondidas dentro de una lata. Dormían entre los más de 4.000 negativos guardados en el interior de una vieja lata de película cinematográfica de 70 milímetros.
Aquella lata, olvidada en casa del cineasta Guillermo Fernández Zúñiga, apareció hace 10 años. Y Aku Estebaranz, recuperador de archivos fotográficos históricos, ha ido catalogando una a una todas esas imágenes hasta reparar en esta serie de 45 disparos: las 45 fotografías que Reuter tomó de la representación de La Barraca en los Viveros de Valencia.
Posiblemente, según confirma a EL PAÍS el catedrático de la Complutense Javier Huerta Calvo, este sea el reportaje fotográfico más extenso y de una representación más multitudinaria en toda la historia de La Barraca. Sobre todo, de La Barraca en tiempos de guerra.
El ambiente que reflejan las imágenes es el de una gran tarde de verano. Una muchedumbre de más de un millar de personas, o quizá dos mil, mira hacia el escenario. Hay chavales en pantalón corto arracimados en torno a las farolas. Mujeres modernas en su peinado y vestuario siguen la función con la boca entreabierta. Destacan los primeros planos de niños, a veces serios, otras riendo y, en algunos casos, con la cabeza rapada por los piojos. Se ve a un labrador de la huerta de Valencia con faixa, chaleco y boina junto a otro home d’horta con la camisa arremangada, como recién salidos de una novela de Blasco Ibáñez. Una niña con calcetines de encaje y raya a la izquierda en su pelo de garçon mira la obra subida al respaldo de una silla de enea junto a su padre militar, que viste el uniforme republicano con gorra de plato ladeada. Otro padre sostiene a su hijo en el hombro para que pueda seguir la representación entre tantas cabezas.
Sobre el escenario se mueven, jovencísimos, los actores. Son estudiantes universitarios. Representan La cueva de Salamanca, El retablo de las maravillas y Los dos habladores. Quieren que el público ría y que al mismo tiempo reflexione sobre el engaño de los charlatanes, la obsesión por las apariencias y los peligros de la palabra. Todo eso se produce, es curioso, en plena cruzada de propagandas bélicas.





En la mítica revista Hora de España, un mes después, el escritor alcoyano Juan Gil-Albert tomará la palabra. Y bajo el título de La Barraca se hará eco de aquella tarde veraniega en que la segunda Barraca agitó a Valencia y él mismo lo presenció. Escribirá acerca de lo que pasaba en el escenario, con los graciosos figurines de Ramón Gaya y Manuel Ángeles Ortiz ya “deslucidos de tanto camino español y plazuela pública”. Pero, sobre todo, evocará la figura del gran ausente: Federico García Lorca.
Escribirá Gil-Albert: “No podíamos sino recordar, con una extraña angustia, al animador de esta frágil comparsa que, haciéndola posible, había llevado durante varios años a los pueblos dormidos de España y a sus ciudades la repentina frescura de unas escenas olvidadas sobre un ligero tablado. Aquí mismo, en Valencia, le vimos a él, rodeado de esos muchachos vestidos con monos azules como de su propia alegría, dominando el bullicioso medio estudiantil con la autoridad de su gracia. Produce estupor el saberlo de tal manera muerto, y que el uniforme de sus actores haya significado después, durante varios meses, el vestido casi unánime de un pueblo en armas”.
Aquella tarde endomingada del 37 no solo hubo teatro. Empezaba a las cinco el espectáculo mixto de una gran fiesta cultural donde la Banda Municipal de Valencia intercalaba piezas musicales entre los entremeses de Cervantes como si se tratara de las grandes fiestas barrocas del áureo pasado español.
Seguramente por ello había arrastrado a tanto público la reaparición de La Barraca en Valencia, al aire libre, en medio de unas circunstancias tan extraordinarias: sirenas estridentes a todas horas, refugios atestados de civiles, bombardeos desde el cielo y desde el mar, alarmas antiaéreas, tranvías destrozados, la estación de trenes atacada, gente huyendo por las calles o los cuadros del Prado escondidos dentro de las torres medievales de Serranos.
Así llegó La Barraca a Valencia, una capital en guerra. En la misma página de Adelante que informaba del espectáculo teatral puede leerse un titular tristemente poético: “Alas negras sobre Valencia”. La aviación fascista no descansaba. En esa nota se hablaba de daños materiales y de víctimas, sin concretar más para no minar la moral, y también se advertía al vecindario de que, al sonar las alarmas, no se entretuviera a las puertas de los refugios ni entrase en ellos hasta asegurarse de que ya lo habían hecho mujeres, ancianos, niños, heridos y enfermos.
Esa era la atmósfera cuando La Barraca volvió a actuar. “Ya era una época más autogestionada, sin una planificación centralizada, que sigue rodeada de muchas lagunas”, explica el profesor Javier Huerta Calvo, que ha comisariado exposiciones sobre La Barraca y acaba de publicar una pieza teatral, Sebastián, sobre Modesto Higueras, uno de los actores iniciales de La Barraca y fundador, en 1941, del Teatro Español Universitario por encomienda del falangista, jefe nacional del Sindicato Español Universitario y miembro de la División Azul José Miguel Guitarte.

Una de estas brumas es si en esta segunda Barraca, que desde septiembre del 36 actuó en teatros y hospitales de la retaguardia, así como en los frentes de combate para los soldados republicanos, el director era el poeta Manuel Altolaguirre o Miguel Hernández. Posiblemente, en la práctica, no lo fue ninguno de los dos. Pero sí hubo un encargo del Gobierno a Miguel Hernández para que asumiera la dirección de La Barraca, como confirma su biógrafo José Luis Ferris.
De hecho, la noticia de Adelante nombra a este poeta como “actual director artístico” de La Barraca. Aquella representación tuvo lugar el 29 de agosto, y el 1 de septiembre Miguel Hernández llegaba en barco a la Unión Soviética, tras salir de Valencia y hacer escala en Estocolmo, para participar en el V Festival de Teatro Soviético. La vida parecía ancha para el poeta cabrero y también para La Barraca. Pero su tiempo se acababa. Las bombas iban a enmudecer el teatro y a acallar las nanas de la cebolla. La noche iba ganando al día.
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