60 años de gloriosa psicodelia

Como suele ocurrir, el movimiento psicodélico en su vertiente musical también comenzó con los Beatles. El producto de una concatenación de casualidades; en 1966, John Lennon languidecía en Kenwood, su mansión de Surrey. Con la sensación de que se estaba perdiendo algo, visitaba regularmente Londres. Terminó un día en Indica, la librería cercana al Museo Británico que estaba siendo patrocinada por Paul McCartney. Iba buscando algo de Nietzsche pero terminó pillando The Psychedelic Experience: A Manual Based On The Tibetan Book Of The Dead, el breve manual de los académicos Timothy Leary, Ralph Metzner y Richard Alpert para el uso ritual de drogas como el LSD, la psilocibina y la mescalina.

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 Pasa de moda pero siempre vuelve a renacer. La psicodelia, más que un sonido, es una actitud aventurera que busca expandir las fronteras de la experiencia  

Como suele ocurrir, el movimiento psicodélico en su vertiente musical también comenzó con los Beatles. El producto de una concatenación de casualidades; en 1966, John Lennon languidecía en Kenwood, su mansión de Surrey. Con la sensación de que se estaba perdiendo algo, visitaba regularmente Londres. Terminó un día en Indica, la librería cercana al Museo Británico que estaba siendo patrocinada por Paul McCartney. Iba buscando algo de Nietzsche pero terminó pillando The Psychedelic Experience: A Manual Based On The Tibetan Book Of The Dead, el breve manual de los académicos Timothy Leary, Ralph Metzner y Richard Alpert para el uso ritual de drogas como el LSD, la psilocibina y la mescalina.

Un texto perfecto para una mente en ebullición. Lennon consumía ácidos con voracidad y hasta se permitía amonestar (en Day Tripper) a los meramente curiosos que no se comprometían con aquel estilo de vida. El resultado de esa lectura febril fue Tomorrow Never Knows, donde Lennon pretendió cantar “como si fuera el Dalai Lama desde lo alto de una montaña del Himalaya”. Todo un testimonio del pragmatismo británico que el productor George Martin, perfectamente ajeno a cualquier expansión de la conciencia, logró acercarle a ese ideal.

Un momento de emancipación del rock, que dejaba atrás el precepto de que una grabación debía reflejar una interpretación en directo. En 1966, aquello no se podía reproducir sobre un escenario: un brebaje embriagador de cintas al revés, sonidos manipulados, melotrón, instrumentos de la India. Los Beatles ordenaban experimentar y todo el pop británico se puso en marcha: The Yardbirds, Small Faces, Cream, Tomorrow, The Creation y, sí, hasta los Rolling Stones. Una insurrección, que desdichadamente el cenizo de Antonioni no supo captar en su película londinense de 1966, Blow up.

Los grupos del Reino Unido se beneficiaban de una constante demanda de novedades sonoras. En California, el otro eje de la revolución psicodélica, la industria se mostraba menos entusiasta pero, a cambio, el LSD era más común e incluso de mayor calidad. Eso explica que un chaval acomplejado como Brian Wilson pudiera construir el inmortal himno a las “Buenas vibraciones”, aprovechando la superior tecnología de los estudios de Los Ángeles y la flexibilidad de sus músicos profesionales.

Pero fue en el norte de California, en San Francisco, donde el LSD se fusionó con el rock. Los grupos actuaban en ballrooms ante un público tolerante y, en buena medida, colocado. Frente a los pases de 35 minutos, habituales en los escenarios convencionales, aquellas bandas tocaban sin límite de tiempo, buscando envolver, con sus amnióticos espectáculos de luces, a los oyentes en un viaje total. La complicidad se establecía en canciones como White Rabbit, que uncía el personaje de Alicia en el país de las maravillas al desarrollo acumulativo del Boléro de Ravel. Claramente, esta ya no era simple música de fondo para boutiques de King’s Road.

Hoy ya sabemos que la psicodelia terminó convertida en otra opción estilística más, arsenal para uso de tipos habilidosos (Todd Rundgren, Prince) o recurso fácil para periodistas con voluntad de descubridores (¿les suena el Paisley Underground de los años 80? Tranquilos, nadie se acuerda). En realidad, es más útil concebirla como un virus, una invitación hedonista a la exploración que se manifiesta cuando menos se espera.

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