Se fue Marcos Ordoñez, una visión singular del teatro

El escritor y crítico teatral Marcos Ordoñez en 2010.

Se fue Marcos Ordóñez: con él se va un modo de entender la crítica teatral. Una visión singular del Teatro y un diálogo iluminador con el Hecho Escénico. Pero la tristeza colectiva no alcanza a empañar el dolor que nos ha conmocionado a muchos, al conocer la noticia de su partida. Un adiós largo y paradójico, con pérdida de presencia y tremendo ensimismamiento. Marcos y Pepita, lúdicos, lúcidos, exigentes, sensibles, inteligentes, amorosos con su métier, delicados con sus amigos, hacía ya tiempo que, aparentemente, estaban aú déhors de sí mismos. Condenados a un silencio sin opinión ni expresión. Juntos, pero separados en la inanición. Terrible.

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 Fue un analizador profundo y personalísimo, poseedor de una extraordinaria agudeza y precisión. Y si como escritor fue sobresaliente, como cálido amigo, fue insuperable.  

Se fue Marcos Ordóñez: con él se va un modo de entender la crítica teatral. Una visión singular del Teatro y un diálogo iluminador con el Hecho Escénico. Pero la tristeza colectiva no alcanza a empañar el dolor que nos ha conmocionado a muchos, al conocer la noticia de su partida. Un adiós largo y paradójico, con pérdida de presencia y tremendo ensimismamiento. Marcos y Pepita, lúdicos, lúcidos, exigentes, sensibles, inteligentes, amorosos con su métier, delicados con sus amigos, hacía ya tiempo que, aparentemente, estaban aú déhors de sí mismos. Condenados a un silencio sin opinión ni expresión. Juntos, pero separados en la inanición. Terrible.

Marcos no sólo amaba su oficio. A menudo eso no es suficiente para obtener el grado de maestría. Era un analizador profundo y personalísimo, poseedor de una extraordinaria agudeza y precisión. En el principio de los tiempos fue un joven airado, terror de los pusilánimes para pasar después a un estadio superior. Sólo hablaba de aquello que le gustaba, que le conmovía, que le producía “chiribitas deslumbrantes en su corazón”. Y se acercó a la grey teatral, amó a los actores, a las actrices y a las gentes del teatro.

Fue un espectador apasionado y emocionado y no tan sólo escribió de la escena nacional sino también de otros ámbitos. Le encantaba pasear y degustar teatro reiteradamente por Londres y París. ¡Cuántas veces coincidimos en las cafeterías del National Theatre! Sé que cuando dejó de ir — ya no le pedían esas crónicas— algo empezó a languidecer dentro de él.

Conocí a Marcos en 1977, en el Saló Diana. Me había telefoneado Joan de Sagarra y me había espetado: “Oye, quiere conocerte Marcos Ordóñez, es un joven periodista de 20 años que escribe en Fotogramas. Es un tipo muy interesante. Es de los nuestros. Trátalo bien”.

A partir de ese momento se inició una amistad que ha durado hasta su desaparición. Amistad que al principio no fue demasiado íntima por el sempiterno pudor por mi parte a no influir en los críticos. Pero la afinidad se impuso a lo largo del tiempo. Además era un hombre con el que se podía disfrutar no sólo hablando de teatro, sino también de cine y muy especialmente de música y literatura. Gran bebedor de pasión artística. Y con un gran sentido del humor bajo su aspecto aparentemente taciturno.

Excelente novelista, gran memorialista y deslumbrante escribidor de comentarios teatrales. También fue guionista de cine, recuerdo haber interpretado una historia suya dirigida por Carles Balaguer

En los últimos años cada semana nos reuníamos en un pequeño y cálido restaurante del barrio del Farró de Barcelona Marcos, Pepita, Vicky Peña y yo y ahí dejábamos volar la conversación por vericuetos insospechados. A veces nos acompañaba Albert de La Torre.

Hasta que Marcos y Pepita fueron desapareciendo de sí mismos. ¡Qué tristeza! ¡Qué profunda tristeza!

En varias ocasiones tuve el honor y la satisfacción de presentar algunos de sus libros.

Soy de los que creen que vivimos momentos extraños en los que, a menudo, se confunden sabiduría y coyuntura. Tal vez se huye demasiado de la esencia para abrazar en exceso lo performático, pero nos siguen haciendo falta personas como Marcos: honestos, brillantes, profundos, inclasificables, verdaderos, agudos, enamorados, contradictorios, competentes, apasionados, poéticos, en definitiva humanos. Porque si como escritor fue sobresaliente, como cálido amigo, era insuperable. Y además tenía esa voz de bajo profundo que impresionaba. Y que manejaba muy bien.

Querido Marcos que tu viaje astral esté preñado de universos teatrales. Tus lectores, tus amigos e incluso tus enemigos te echamos ya mucho de menos y eso nos deja ateridos e indefensos.

Siempre en nuestro corazón.

Salut.

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