Las últimas zancadas

Con los años nos vamos descarrilando. A veces es la cadena que salta, la llanta que se sale, o ya no puedes ni con el manillar. Entonces toca bajarse, quizá beberse una caña. Pero no siempre es suficiente, puede que el chasquido apenas audible te haga salir estampado contra la cuneta, o que, peor, la realidad se vuelva tosca, que pierdas el engranaje con ella.

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 Quizás para entender el mundo hay que ponerlo patas arriba. Colgarlo del cielo, como si fuera un murciélago. Y eso hace a veces el arte  

Con los años nos vamos descarrilando. A veces es la cadena que salta, la llanta que se sale, o ya no puedes ni con el manillar. Entonces toca bajarse, quizá beberse una caña. Pero no siempre es suficiente, puede que el chasquido apenas audible te haga salir estampado contra la cuneta, o que, peor, la realidad se vuelva tosca, que pierdas el engranaje con ella.

Esto ocurre a veces mientras está uno quieto al lado de un semáforo, con las manos apretando el manillar, todo dispuesto a lanzarte asfalto arriba, mientras los coches te miran de reojo. Pero puede que el desajuste con la realidad dure un poco más que un tintineo de semáforo, que el rojo pase al verde, y apenas te enteres.

Te quedas entonces varado en medio de la carretera, con los demás locos detrás pitando, todos a grito pelado. Y mientras los coches se van desparramando por la avenida, intentas recabar dónde podrá haberse metido la llanta, en qué semáforo te has podido quedar perdido. Unas horas después te encuentras en un almuerzo, o en una cena, ya no sabes muy bien. Las palabras suenan huecas, y por mucho que las frases vayan pastoreando, no encuentras la manera de tragarte toda esa hierba más que confusa. Los gestos de los que te rodean parecen de chatarra, blandones.

Entonces te percatas de que te has salido del carril común, que algo se ha roto con la cadena de la bicicleta. No hay piñón ni tampoco plato que recomponer, y, por mucho que lo intentes, el pedaleo ya no sirve. Te quedas desacoplado, como un violín desafinado, urge que el verano venga a comerte las costillas. No sabes a qué taller acudir. Tampoco sabes cuál es la avería, si toca engrasar el paladar, o aceitar los hierros. Y eso te queda, esperar, añorar, que alguien, algo, te dé un empujón, y así puedas volver a rodar, que la cadena sea devuelta, como por encanto, a su lugar.

Lo que quieres es que las palabras recuperen peso. Que los gestos vuelvan a tener densidad. Que toda esta realidad pare de levitar. Que se disuelva la maraña. Imaginas entonces tu cuerpo gravitando. Con los años a veces eso nos pasa, unos se bajan, dejan de correr, otros pierden el sentido de dónde, cómo o cuándo. Y algunos, que no son pocos, entienden algo más. Que la llanta o el manillar o todos esos trastos importan un carajo.

Quizás para entender el mundo hay que ponerlo patas arriba. Colgarlo del cielo, como si fuera un murciélago. Y eso hace a veces el arte. Uno se despista, pierde el engranaje con la vida y, de pronto, llega una frase, un lienzo, llega un golpe de luz, llega el empujón que necesitabas para salir de la torpeza, del letargo. Baselitz, el pintor alemán, fallecido este año, así te hace entender el mundo. Que hay que ponerlo patas arriba, colgarlo del techo al revés, dejar que la llanta se desmorone, y ni caso.

Con la vejez no se anduvo con tapujos. La mostró como era, el cuerpo entero colgando hacia abajo, desangrando a veces el color como si fuera un goteo de sangre. Las manos, la cabeza, el tronco, todo ello lo mostró como si la realidad hubiera descarrilado. Eso lo entendió muy pronto. Era un treintañero cuando en 1969 tomó la decisión de pintar dándole la vuelta al cuerpo. A eso los críticos lo llamarán la inversión del motivo pictórico. Y desde entonces no paró de reventar las convenciones, de darle una patada a la realidad, desalojarla de los carriles convencionales.

Eso hace el arte, sacarte de los senderos, pedalear más fuerte, incluso cuando ni siquiera te queda una cadena o el manillar se tambalee grave. Baselitz, incluso sobre silla de ruedas, siguió pintando hasta el final. Lo decía a menudo: para él, lo correcto era lo insensato. No quedarse pegado la cara sobre el manillar. Ni siquiera pretender llegar el primero a la meta, o arrancar antes que los demás. Simplemente ir a su bola. Podría haberse conformado, al final, con reducir el pedaleo, pero ni modo. Es más, en vez de agarrar lienzos diminutos, más manejables, se enzarzó en obras monumentales de más de tres metros, poniéndolo todo boca abajo.

Hay artistas que mueren con las botas puestas. Mientras asaltan una última montaña o intentan no descarrilar en la bajada. Porque lo difícil no es solo la subida, sino la bajada. Da vértigo cuando sabes que ya tocan las últimas zancadas. El cuerpo ya se queda en nada, pura paja. Pero en los ojos todavía puedes ver los geranios que brillan. Y así está el pincel balanceándose sobre el trapecio de la tela, mientras el circo del mundo sigue su rumbo, mientras todos quieren ser el maillot amarillo.

Ahí lo tienes, al artista ya en la última curva, metiéndose en la jaula con los tigres. Vestido de torero, o con una boina, no importa lo que lleva puesto. Lo único que sabe es el empeño, los jilgueros que le cantan en los ojos, que se le escapan de las manos. Y mientras el pelotón enfoca los cañones, él agarra fuerte el manillar y le da una última pincelada, para rematar el cuadro, para que ese murciélago quede perfecto, boca abajo, al revés, porque así es también la vida.

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