En la entrada de la exposición Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos (1850-1914), en la Fundación Mapfre de Madrid, hay una cartela que recuerda que este movimiento pictórico que reaccionó contra el canon anterior impuesto por la Royal Academy —al arte siempre le ha encantado matar a sus padres— estuvo liderado por siete hombres, la Hermandad Prerrafaelita. Cuando se termina el recorrido por las salas donde se reúnen más 130 obras que discurren por medio siglo de historia del arte, hay un cartel más grande, de color verde, con los nombres en mayúsculas de las mujeres que consiguieron hacer de las escenas que veían desde sus habitaciones, sus retratos y la naturaleza obras maestras dignas de compartir en igualdad de condiciones durante este episodio.
La Fundación Mapfre de Madrid reúne el trabajo de las mujeres que aprovecharon los cambios sociales en Reino Unido en el siglo XIX para contribuir a un movimiento pictórico que cambió el romanticismo por el realismo
En la entrada de la exposición Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos (1850-1914), en la Fundación Mapfre de Madrid, hay una cartela que recuerda que este movimiento pictórico que reaccionó contra el canon anterior impuesto por la Royal Academy —al arte siempre le ha encantado matar a sus padres— estuvo liderado por siete hombres, la Hermandad Prerrafaelita. Cuando se termina el recorrido por las salas donde se reúnen más 130 obras que discurren por medio siglo de historia del arte, hay un cartel más grande, de color verde, con los nombres en mayúsculas de las mujeres que consiguieron hacer de las escenas que veían desde sus habitaciones, sus retratos y la naturaleza obras maestras dignas de compartir en igualdad de condiciones durante este episodio.
“La exposición no forma parte de los relatos oficiales que se han contado en los libros, sí de la historia del arte que estamos escribiendo tantas instituciones culturales al hablar de movimientos y artistas que quedaron en los márgenes”, defiende Nadia Arroyo, directora del área de Cultura de Mapfre. De alguna manera, la muestra le hace frente hasta a la todopoderosa Taylor Swift. La artista eligió el cuadro de Ofelia, de John Everett Millais, uno de los hombres de la Hermandad Prerrafaelita, como inspiración del primer single de su último álbum (The Life of a Showgirl) y contribuyó así a refijar esta pieza como la obra que mejor ha definido el espíritu de este movimiento con esa naturaleza hiperrealista y a la vez mística, pero sobre todo muy dramática en su romanticismo, casi como la biografía de la propia cantante.
Las artistas que contribuyeron a romper con el romanticismo hacia un arte más realista a partir de 1850 en el Reino Unido, aprovecharon el impulso de la transformación social de la sociedad británica de aquel momento. “No es que la aristocracia perdiera poder, pero sí la autoridad social. Así fue como la clase media ganó espacio en una economía renovada y las mujeres consideraron que podían formar parte de esa nueva liga de influencia. En concreto, algunas de ellas, encontraron en el prerrafaelismo esa oportunidad”, recuerda la comisaria Pamela Gerrish Nunn, historiadora del arte experta en este periodo.
En las primeras salas se suceden las escenas que artistas como Alice Boyd pintó desde su ventana. Joanna Boyce y Jemima Blackburn representaron a los campesinos, y Mary Ellen Edwards retrató interiores burgueses. Es decir, la vida cotidiana recupera valor artístico a través de las composiciones de estas mujeres para tratar de reflexionar sobre el presente. “Las personas de su entorno, muchas veces anónimas, eran esos modelos más accesibles que pudieron convertir en símbolos de la vida moderna”, relata la comisaria. El historiador y crítico de arte John Ruskin, principal defensor movimiento que se enfrentó al propio Charles Dickens —el autor no era tan favorable a esta evolución pictórica— lo resumió así en su obra Las piedras de Venecia: “La función del artista en el del mundo consiste en ser una criatura que ve y siente”.

El prerrafaelismo también miró a la naturaleza para reclamar un espacio amenazado por la industrialización y la urbanización, con el ferrocarril como uno de los símbolos de esta transformación. Los paisajes que se despliegan por la exposición tienen el mismo aura casi celestial que algunas de las piezas con reminiscencias espirituales. Son sensibles y líricas, es sencillo enmarcarlas en ese momento, por eso se convirtieron en uno de los emblemas de este movimiento. Tras estas piezas, se suceden detalles de la naturaleza, hay obras de animales, hojas, plumas, plantas… Otra vez motivos que podían aislarse en la categoría artística de menores pero que estas artistas consiguieron dotar de altura.
“No hay una respuesta ni un estilo uniforme por parte de las mujeres británica de aquella época, como tampoco la hay en las artistas, se percibe individualidad en su ambición y optimismo”, describe Gerrish Nunn. En los asideros que encontraron en busca de cada vez una mayor independencia se distinguen esos distintos estilos. El país se industrializaba y modernizaba y la cultura de la fama ampliaba sus límites. Más clientes buscaban retratarse para la eternidad. Ellas supieron ver el negocio, como reza una de las cartelas, algunos de estas pinturas son a mayor gloria de aquellos quienes soltaban los billetes. Pero al mismo tiempo, fueron un lugar de experimentación en las miradas, las poses y cierta ficcionalización.

En las últimas salas de la exposición los colores se vuelven más intensos, las figuras se rodean de ornamentos cada vez más complejos en las denominadas fancy pictures con las que las artistas seguían atrayendo a potenciales clientes, ahí están las obras de Emma Sandys y Edith Martineau.
A finales del XIX, con mayor acceso a una formación artística rigurosa, a los viajes de estudio y a una educación más amplia, muchas mujeres llegan a la misma altura del camino que habían iniciado sus colegas, se atreven con piezas de mayor envergadura y con una visión artística propia.

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