Ismael López, historiador: “No se puede descartar que la caballería vuelva a tener un papel en la guerra”

El historiador de la caballería Ismael López, retratado en Barcelona.

En un panorama actual de guerras en las que los drones y misiles juegan un papel tan decisivo, y a la espera de que aparezcan los robots-soldado en el campo de batalla, estudiar la caballería parece un ejercicio de arqueología militar teñido de romántica nostalgia por un universo desaparecido de lanceros, húsares, ulanos o dragones. Aparte de que difícilmente percibirían ese romanticismo los innumerables jinetes masacrados a lomos de sus caballos a lo largo de la historia y no digamos sus pobres monturas, la caballería no solo alargó su uso militar efectivo mucho más de lo que corrientemente se piensa, sino que podría volver a tener un papel en las guerras en un mundo que se quedara sin el combustible o la electricidad que mueven los ingenios bélicos modernos. Así lo sostiene el joven historiador militar Ismael López (Valdeobispo, Cáceres, 31 años), autor de la monumental (800 páginas) Sables al viento, una exhaustiva historia de la caballería moderna entre 1860 y 1945, de los jinetes de Custer a los de las Waffen-SS, llena de episodios asombrosos (Ático de los Libros, 2026).

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Ismael López, historiador.  El estudioso publica ‘Sables al viento’, un libro sobre el arma montada en los conflictos entre 1860 y 1945: desde los jinetes de Custer a los de las Waffen-SS  

En un panorama actual de guerras en las que los drones y misiles juegan un papel tan decisivo, y a la espera de que aparezcan los robots-soldado en el campo de batalla, estudiar la caballería parece un ejercicio de arqueología militar teñido de romántica nostalgia por un universo desaparecido de lanceros, húsares, ulanos o dragones. Aparte de que difícilmente percibirían ese romanticismo los innumerables jinetes masacrados a lomos de sus caballos a lo largo de la historia y no digamos sus pobres monturas, la caballería no solo alargó su uso militar efectivo mucho más de lo que corrientemente se piensa, sino que podría volver a tener un papel en las guerras en un mundo que se quedara sin el combustible o la electricidad que mueven los ingenios bélicos modernos. Así lo sostiene el joven historiador militar Ismael López (Valdeobispo, Cáceres, 31 años), autor de la monumental (800 páginas) Sables al viento, una exhaustiva historia de la caballería moderna entre 1860 y 1945, de los jinetes de Custer a los de las Waffen-SS, llena de episodios asombrosos (Ático de los Libros, 2026).

Pregunta. ¿Cómo se pone uno a hacer una historia de la caballería?

Respuesta. Me lo planteé al escribir mi anterior libro sobre la Primera Guerra Mundial, La guerra de las trincheras (Ático, 2024). Siempre se ha dicho que esa contienda supuso el final de la caballería, pero vi que no era así, ni mucho menos, y que había muchas cosas que contar de lo que pasó después. Al investigar, descubrí también episodios anteriores sorprendentes.

P. ¿No acabó la ametralladora con la caballería?

R. En absoluto, ni los cañones; de hecho, le abrió otras posibilidades. La propia caballería incorporó ametralladoras para incrementar su poder ofensivo. La caballería bolchevique puso sus Maxim en carros tirados por caballos —las célebres tachankas—, adscritos al 1er Ejército de Caballería. La caballería, pese a su fama de conservadora, no ha dudado en emplear armamento moderno. En la Segunda Guerra Mundial, los cosacos de Selivánov (hay que recordar que la URSS tenía al inicio de la contienda 36 divisiones de caballería) se convirtieron en grandes destructores de panzers usando bazucas, y el Kavallerie-Korps alemán en 1944 fue equipado con los modernísimos fusiles de asalto Sturmgewehr 44.

P. Conocí a un oficial alemán de caballería que combatió en el frente ruso, estaba más bien chapado a la antigua, hasta trató de matar a Hitler.

R. Hubo caballería de ambos bandos en todos los frentes y en todas las batallas. Incluso en Kursk, que fue el apogeo del enfrentamiento de tanques.

P. ¿En Kursk hubo caballos, más allá de los 700 CV de los motores de los tanques Tiger?

R. Sí, la caballería soviética estaba en la retaguardia esperando que fracasara la ofensiva alemana y entonces se coló en los espacios abiertos.

P. Empieza su libro, tras un breve recorrido por la historia de la caballería (númidas, galos, catafractos), con el día después de la desastrosa carga de la Brigada Ligera en Balaclava, Crimea (1856). Deja fuera las guerras napoleónicas.

R. Conscientemente, me interesa más la caballería operacional que la de las cargas, del choque. Su papel estratégico para amenazar las líneas de aprovisionamiento.

P. Hay un aspecto de la caballería militar que ofende la sensibilidad actual, el uso de animales para el combate. Las guerras de las que usted habla en el libro fueron verdaderos caballicidios. Cerca de 10 millones de monturas murieron en la Primera Guerra Mundial. A los caballos no les explicaban la razón del por qué luchaban, que diría Tennysson.

R. Tengo sentimientos encontrados con respecto a eso. La relación de los jinetes con sus monturas era en muchos casos muy intensa, casi de simbiosis. Pasaban las mismas penalidades. Se les forzaba al combate igual, ninguno podía irse.

No tengo ninguna idea romántica de la caballería, tras los choques el panorama era terrible, caballos relinchando de agonía, destripados por la artillería. Tremendo

P. Pero los humanos podían al menos entender de qué iba aquello, mientras que los caballos…

R. Es cierto, es terrible. Siento mucho respeto por los caballos y su sufrimiento. No tengo ninguna idea romántica de la caballería, tras los choques, el panorama era terrible, caballos relinchando de agonía, destripados por la artillería. Tremendo.

P. ¿Dejaremos de usar caballos? Hay gente que ya no puede ver un wéstern o Yellowstone sin pensar en la sumisión y el padecimiento de los caballos.

R. Es posible, ahora mismo el caballo sigue siendo importantísimo en muchos ámbitos.

P. ¿Monta usted?

R. No, pero mi familia ha tenido caballos, en el mundo rural el caballo tiene todavía una presencia habitual.

P. En el libro aborda episodios como el uso de la caballería en la Guerra Civil estadounidense —Jeb Stuart, Sheridan (Philip no Taylor), J. O. Shelby-, la persecución de Pancho Villa, la caballería turca de Fahrettin Altay en la guerra greco-turca, la italiana en la URSS, las cargas polacas, ¿cuál es su favorito?

R. La guerra greco-turca, por lo desconocido, y me conmueve e interesa mucho la guerra contra los pueblos indígenas norteamericanos, sioux, comanches, kiowas, que incluía la matanza de sus monturas.

P. En ese contexto, ¿está sobrevalorado Custer?

R. Sobre todo, lo estaba por sí mismo. Un tipo pintoresco. Se creyó su propia leyenda, y eso le condujo al desastre. Cayó en su propia trampa.

P. ¿Y un episodio que le horrorice especialmente?

R. La participación de la caballería de las SS en operaciones de exterminio. La guerra tiene bemoles, pero eso ya es tremendo.

P. ¿Un caballista militar que destaque?

R. Semión Budionni, el líder de la caballería roja, cantada por Isaak Bábel, la legendaria Konármiya, el mencionado 1er Ejército. El mismo Trotski fue un valedor de la fuerza montada, “¡Proletarios, a caballo!”, clamaba.

P. Dedica espacio a la caballería en la Guerra Civil española, más allá de la famosa carga de Monasterio en Alfambra y el “¡se me va a mí a insubordinar la caballería!” de Queipo del Llano.

R. La mayoría de los regimientos se pasaron a los sublevados, los republicanos tuvieron que empezar casi de cero. Su uso fue muy limitado en la guerra, en el cruce del Jarama, en pequeñas acciones, podría haber sido más decisiva de haberse confiado más en ella.

P. ¿Volverá la caballería?

R. No se puede descartar, el caballo sigue estando ahí —la cría caballar continúa, según la web del Ministerio de Defensa— y si hay carencia de combustibles fósiles y fallan las baterías eléctricas, quizá los ejércitos tengan que volver a montar.

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