Gaudí: el genio de la arquitectura que nunca se diseñó una casa propia

El arquitecto de algunas de las viviendas más famosas del mundo no logró nunca diseñarse una casa propia. Para Antoni Gaudí la casa era “la pequeña nación de la familia”. Cuando se cumplen 100 años de su muerte, resulta premonitorio leer cómo resumió uno de los grandes problemas actuales en una frase tan sencilla como certera: “La familia independiente tiene casa propia, la que no lo es tiene casa de alquiler”. “La casa propia es el país natal. La de alquiler, el país de la emigración; por ello la casa propia es el ideal de todo el mundo. No se concibe la casa propia sin familia, sólo se concibe así la de alquiler”.

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 El autor del Palau Güell, la Casa Vicens, La Pedrera, Villa Quijano -el “Capricho” que levantó en Comillas- o la Casa Batlló no se hizo nunca una casa. Y solo, durante dos décadas, disfrutó de vivienda propia  

El arquitecto de algunas de las viviendas más famosas del mundo no logró nunca diseñarse una casa propia. Para Antoni Gaudí la casa era “la pequeña nación de la familia”. Cuando se cumplen 100 años de su muerte, resulta premonitorio leer cómo resumió uno de los grandes problemas actuales en una frase tan sencilla como certera: “La familia independiente tiene casa propia, la que no lo es tiene casa de alquiler”. “La casa propia es el país natal. La de alquiler, el país de la emigración; por ello la casa propia es el ideal de todo el mundo. No se concibe la casa propia sin familia, sólo se concibe así la de alquiler”.

Sin ser inmigrante, Gaudí vivió sin familia propia y de alquiler la mayoría de su vida. Pero al final de sus días, en sus dos últimas décadas, llegó a tener casa propia. Lo logró casi por casualidad. Era una vivienda muestra de la urbanización Park Güell que nadie quiso comprar, y no la diseñó él sino su discípulo, Francesc d’Asis Berenger i Mestre. El arquitecto de la Sagrada Familia defendía la casa pairal como el resultado de juntar la habitación urbana y la torre, como una vivienda ni grande ni pequeña: “una casa que podríamos llamar ordinaria, ya que, enriqueciéndola, se convertiría en un palacio, y reduciéndola, y economizando materiales y adornos, será la modesta habitación de una familia acomodada”. Estas anotaciones forman parte del escaso legado documental que dejó Gaudí. No sucedió a propósito. En 1936, una década después de su muerte, un incendio arrasó el obrador de la Sagrada Familia y acabó con la mayoría de planos, memorias, notas y maquetas de su vida profesional. Aun así, algunos ensayistas reunieron posteriormente documentos, apuntes y dietarios.

En 1982, Marcià Codinachs, que dirigía la Colección de Arquitectura del Colegio de Arquitectos de Madrid junto a Josep Quetglas y José María Torres, escribió que, entonces, Gaudí olía a cerrado. Merece la pena detenerse en ese “entonces”. La nave de la Sagrada Familia permanecía sin cubrir y Gaudí había quedado sepultado en una sucesión de adjetivos —excéntrico, onírico, surrealista— que desvirtuaban su esencia genialmente funcionalista. Por eso, para reconstruir al personaje, la colección reunió Manuscritos, artículos, conversaciones y dibujos en un volumen en el que recuperaban las escasas palabras del arquitecto que no desaparecieron.

Ha habido más intentos. Años más tarde, en 2002, y por iniciativa del editor Jaume Vallcorba, Laura Mercader indagó aún más en la herencia documental de Gaudí y amplió esa información con una exhaustiva recopilación de dietarios, memorias descriptivas, informes técnicos, documentación académica y biográfica y un epistolario con muchas cartas de Joan Maragall. Acantilado publicó esos Escritos y documentos.

Por eso hoy, cuando ya nada huele a cerrado, cuando se cumple el centenario de su muerte y Gaudí tiene —además de muchos pequeños intentos— una esforzada y completa biografía (escrita por Gijs van Hensbergen y traducida al castellano por Random House); cuando su Sagrada Familia ha sido coronada y se ha convertido en el monumento más visitado de España, puede ser interesante regresar al origen para, como él defendía, encontrar lo original. Ahí, entre apuntes, cartas y escritos, nos toparemos con el Gaudí pequeño. Ese detallista observador que cimentaba al gran arquitecto. Y que nunca se hizo una casa.

Pero sí habló de ella. Describió que, en el interior, “por todas partes campa la sencillez como sistema; el buen gusto por guía y la satisfacción de las necesidades y comodidades por obligación”. Anotó que, en las casas, “se encuentran representados los recuerdos de familia, las leyendas de la tierra, las delicadas concepciones de nuestros poetas, los espectáculos y escenas de la madre naturaleza; todo lo que tiene una significación y aprecio. En una palabra: de hijos a hijos”. Los objetivos de una casa eran para Gaudí: “hacer fuertes y robustos a quienes en ella crecen”, es decir: cuidar las condiciones higiénicas. Las condiciones artísticas servían, en cambio, para dotar, en lo posible, de entereza de carácter. Para transmitir valores a los hijos.

No deja de ser curioso que, con este credo en mente, Gaudí —que vio morir a tres de sus hermanos en edad muy temprana— no tuviera más que temporalmente en su vida casa propia. Sabemos que, incluso teniéndola, terminó viviendo en la cripta de la Sagrada Familia, donde había instalado su taller. Eso sucedió durante menos de dos años. Se instaló en 1925 y fue atropellado por un tranvía en 1926. Pero antes ¿dónde vivió?

Al llegar a Barcelona, procedente de Riudoms, cerca de Reus en el Camp de Tarragona, Antoni Gaudí alquiló viviendas durante casi 37 años. Se sabe que vivió en Ciutat Vella y en el Ensanche. En la calle de Sant Pau, en el Raval, y en la de La Ribera, en el Born. También se conoce que, cuando tenía 54 años, en 1906, compró la citada casa muestra de la —entonces fallida— urbanización del Park Güell. Nadie quiso esa vivienda conocida como la Casa Rosa. Su aspecto es singular. Coronada por una torre con capitel cónico y una cruz de cuatro brazos con una veleta en forma de rosa de los vientos, por fuera evoca a un cuento de hadas. En el interior, y salvo por dos chimeneas con forma de seta, Gaudí inundó el espacio de austeridad. Su dormitorio, con apenas una cama individual y un crucifijo, era monacal. En el salón, que compartió apenas un año con su padre y seis con su sobrina Roseta, Gaudí tenía mobiliario que él mismo había diseñado para la Casa Calvet, la Casa Batlló o la Milà, en el Paseo de Gracia. Su sobrina Roseta estaba enferma y quedó al cuidado del arquitecto cuando, con apenas tres años, la niña vivió la muerte de su madre, hermana de Gaudí. Así, la Casa Rosa era alegre por fuera y sufrida por dentro. Aunque, sobre un pavimento de mosaico hidráulico, los techos, típicos gaudinianos, fluían como engordados por los yeseros. Esa vivienda de contrastes es hoy la Casa-Museo Gaudí porque, salvo en Riudoms, donde nació y creció, no vivió tanto tiempo en ningún otro sitio. El resto de la historia se quemó en la Sagrada Familia donde Gaudí pasó sus últimos días, en solitario, durmiendo en el taller para no perder el tiempo con desplazamientos.

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