Luis García Montero: “Estoy orgulloso de ser el viudo de Almudena Grandes”

Luis García Montero, en su casa de Madrid.

Luis García Montero se proponía huir de Almudena Grandes como el tema literario que le ha desbordado desde su fallecimiento, en 2021, y a la que dedicó su poemario Un año y tres meses. Por ello decidió desempolvar una vieja novela aparcada en un cajón con las correcciones que su esposa le había aconsejado, y reescribirla. Pero lo que se encontró de frente fue el mismo universo del que pretendía alejarse y unos personajes que anticipaban lo que a él le ha tocado vivir. El resultado es La mejor edad (Tusquets), un regreso a la novela después de 12 años por parte de este poeta nacido en Granada en 1958, catedrático de Literatura Española, director del Instituto Cervantes y columnista de EL PAÍS.

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Luis García Montero posa ante su librería.Luis García Montero, durante la entrevista. El poeta y director del Instituto Cervantes regresa a la novela con una historia de segundas oportunidades que vuelve a acercarle a la ausencia de su fallecida esposa  

Luis García Montero se proponía huir de Almudena Grandes como el tema literario que le ha desbordado desde su fallecimiento, en 2021, y a la que dedicó su poemario Un año y tres meses. Por ello decidió desempolvar una vieja novela aparcada en un cajón con las correcciones que su esposa le había aconsejado, y reescribirla. Pero lo que se encontró de frente fue el mismo universo del que pretendía alejarse y unos personajes que anticipaban lo que a él le ha tocado vivir. El resultado es La mejor edad (Tusquets), un regreso a la novela después de 12 años por parte de este poeta nacido en Granada en 1958, catedrático de Literatura Española, director del Instituto Cervantes y columnista de EL PAÍS.

El círculo sigue, así, cerrándose en torno a la enfermedad y la muerte de su gran amor, cómplice y una de las escritoras más destacadas de la literatura contemporánea española. La ausencia, como explicará, le aporta conciencia.

“Fíjate”, explica García Montero en su piso en el centro de Madrid. “Metí esta historia escrita en 2017 en un cajón por indicación de Almudena, la retomo porque no quiero repetir literariamente los poemas que ya he escrito, y me encuentro con un protagonista que ha quedado viudo y otro que acompaña a una mujer enferma. A veces la literatura imagina la vida y va por delante de ella, nos abre un camino adelantado”.

El poeta está visiblemente mejor de lo que ha estado. Acaba de regresar de Rota y prácticamente vive -cuenta- con su hija Elisa y su nieta de dos meses, rehaciéndose de un tiempo de pérdidas en que a la muerte de su esposa se sumó la de su padre y su primera nieta, de apenas semanas. “Cuando escribía esta novela en 2017 e intentaba imaginar qué me podría pasar a mí para que la vida se me diera la vuelta, solo me salía la viudedad”, narra.

Y es por ello por lo que su protagonista está viudo. Hablamos de un juez jubilado que fue muy autoritario al iniciar su carrera en los setenta y al que la vida hizo girar hacia la defensa de los derechos civiles al modo de Baltasar Garzón. Hoy busca a una de sus víctimas, un hombre al que condenó de forma injusta a la cárcel en 1975, para intentar reparar el daño, y se encuentra al dueño de un bar que está cuidando de su mujer postrada por un derrame cerebral. Ambos inician una amistad particular que les ayuda a repasar sus vidas, a ajustar cuentas, buscar segundas oportunidades y entablar una reflexión sobre las edades y el envejecimiento que incluirá sorpresas.

Pregunta. ¿Quería huir del tema de Almudena Grandes y finalmente regresó a él de otra manera?

Respuesta. Regresé a ella de varias maneras: por un lado, nosotros nos leíamos los manuscritos y teníamos mucha complicidad, podíamos ser muy duros el uno con el otro, y aquí hay muchas correcciones que he hecho según sus indicaciones; por otro lado, está la búsqueda de no repetir el libro de poemas que ya había escrito, que es lo que me vuelve a salir; y además están los temas que, aunque escribí antes, tienen que ver con mi vida: la enfermedad y la viudedad.

Su propósito inicial en la novela, sin embargo, tiene mucho más que ver con el momento de España y la Transición. “Quería hacer una reflexión sobre la historia de España, pero no de la evolución política, sino del diálogo generacional, de qué manera recuerdan el paso de la dictadura a la democracia la gente mayor y qué ideas, sentimientos e ilusiones tienen hoy los más jóvenes”.

P. ¿Y ha averiguado cuál es la mejor edad?

R. Es aquella en la que uno ha vivido un amor fuerte que le da sentido a la vida. Así es para mis dos protagonistas y para mí. Conocí a Almudena en 1992 y vivimos 30 años juntos, compartiendo la vida, y a veces mi hija Elisa me pregunta: “¿cuándo quieres más a mamá, ahora que se ha muerto o cuando estaba viva?» Pues la quería mucho, pero la ausencia grave te lleva a tomar conciencia de lo que fue la mejor edad.

P. Sus personajes actuaron como viejos cuando eran jóvenes y hoy van a ejercer de jóvenes cuando son viejos.

R. En esos tiempos de dictadura tuvieron que aceptar la sensatez, la prudencia, el alejarse de los riesgos. Pero luego la vida pasa y al envejecer uno se da cuenta de que cada vez tiene menos que ver menos con el mundo. Y eso me preocupa porque una de las crisis más graves hoy tiene que ver con el tiempo y las dificultades del diálogo generacional. Los viejos corren el peligro de convertirse en cascarrabias y creer que todos los jóvenes son tontos, y estos corren el peligro de creer que van a inventarse el mundo desde cero y que no tienen nada que heredar de los mayores. El diálogo entre el pasado del que aprender y el futuro hacia el que fluir se interrumpe. El tiempo se ha convertido en mercancía de usar y tirar, solo funciona el instante, y la sacralización del instante cancela el pasado y el futuro y nos pone a vivir en las coyunturas del presente. Buena parte de la crispación actual tiene que ver con sacralización de un presente que no quiere respetar la memoria del pasado ni la imaginación del futuro.

P. ¿Qué cosas siente ya irreconocibles del presente?

R. Yo empecé en 1976 en el comunismo y luego esa palabra se convirtió para mí en una ilusión de juventud y un término que se confundía con dictadura estalinista, y tuve que aprender a seguir con mis ideas de carácter social pero involucradas en la democracia, porque lo que no quería hacer con mi ilusión social era parecerme al franquismo. Creo en un Estado que facilite la igualdad y la fraternidad dentro de la convivencia social. Pero también descubro que hay revoluciones que pasan de la ilusión a la dictadura porque se adueña de ellas gente que quiere establecer su autoridad y su mandarinismo. También veo nuevos mecanismos de generación de la conciencia y desinformación y ahí me siento viejo porque yo me siento al margen de cualquier tipo de populismo.

P. ¿Está hablando de Podemos?

R. Celebro que haya tenido esta presencia, pero no comparto muchos de los valores que ha representado Podemos en lo que se refiere al populismo, a la falta de análisis y a la sustitución de una política convivencia y de consenso por una dirección de mandarines que se matan los unos con los otros. Hay unos señores más interesados en llamar la atención y mantenerse como mandarines que en apoyar la sanidad y educación pública, y eso es lo que ha pasado con Podemos.

P. El libro recoge el miedo a que se pierda lo conquistado. ¿Cuánto miedo tiene al regreso de la ultraderecha?

R. Tengo miedo a que se pierda lo conquistado porque para mí la democracia no es votar cada cuatro años, sino una transformación de la educación sentimental donde los valores de la convivencia, de la conciencia, igualdad y la memoria histórica funcionen. Si vemos lo que está ocurriendo en Estados Unidos, estar preocupado es sensato. Vuelven el machismo, el racismo y un intento de desmantelar Europa como territorio de democracia social. Hay fuerzas populistas muy activas que están intentando apoderarse del sentido de los miedos y sensibilidades de la gente para desviar la verdadera responsabilidad de la democracia.

P. ¿Concibe la literatura como herramienta al servicio de sus ideas?

R. Concibo la literatura como un medio de conocimiento. Mi formación es la de un poeta que empezó a escribir cuando autores como Ángel González o Jaime Gil de Biedma se intentaron separar de la poesía social, de panfleto, de protesta, en busca de una poesía de conocimiento. Se trata de la poesía no como acto de comunicación de tus ideas, sino como acto de reflexión de la realidad para hacerse dueño de su propia conciencia. La poesía me ha enseñado a poner en duda mis ideas y utilizar la literatura para saber lo que hay de trampa, de moda, de engaño íntimo, de falta de rigor.

P. Usted es eminentemente poeta, pero aquí ha vuelto a la novela, la primera desde 2014. ¿Qué le da que no le dé la poesía?

R. Yo soy poeta, pero ya me ocurrió cuando quise escribir la biografía infantil y adolescente de Ángel González, que pasé del ensayo a la novela. Aquella fue la primera, Mañana no será lo que Dios quiera (2009). Entonces me captó el veneno de la novela. Ahora hay historias que no puedo contar desde la reflexión íntima de un poema, sino de un relato en que puedo indagar en lo que viven los personajes que se distancian de mí y representan una manera de ser en la sociedad.

P. También reflexiona sobre el cuerpo y el espejo como cámara de tortura en la vejez.

R. El espejo es una metáfora que he potenciado pensando en una sociedad muy hedonista, que también convierte el cuerpo en mercancía. Me preocupa el tiempo convertido en mercancía de usar y tirar y el cuerpo sustituido por realidades virtuales paradigma de lo que debe ser la naturaleza.

P. Su novela también aborda los cuidados y la muerte digna. ¿Puede haber dignidad en la muerte?

R. Creo que sí. Ningún prejuicio religioso puede obligar a mantener con vida a un cuerpo humano. Envejecer es saber dar un paso al lado, y eso también tiene que ver con el poder, con la gente que no sabe dar un paso al lado para que vengan otros, que quiere seguir siendo joven a los 70 y no asumir la propia realidad de su cuerpo, o la gente que considera que los más jóvenes son tontos porque alguien nacido en los ochenta o en el 2000 no tiene los mismos valores. En ese sentido la muerte tiene que ver con la necesidad: el tiempo está en movimiento y uno tiene que dar un paso al lado y dejar que la vida continúe. La relación con lo que viene tiene que ver con ayudar y dejar herencias.

La charla se va agotando, como el café y la Coca-Cola que hemos compartido en su casa, y el espacio cargado de fotos de Almudena Grandes y los tres hijos compartidos (cada uno aportó uno de su anterior relación y ambos tuvieron a Elisa) nos devuelve a la gran ausencia instalada en su vida y en su piso, que describió esta semana en EL PAÍS en su columna Sus cosas.

P. ¿Le da miedo seguir siendo el viudo de Almudena?

R. La respuesta con toda sinceridad es tanto que sí como que no. Si me pongo a escribir un poema y lo que me sale es la repetición del poema que escribí en 2021 cuando ella murió, me da miedo. Tengo que buscar que la vida continúe en mi creación y lo que no me ayuda es repetirme y obsesionarme en el mismo tema. En ese sentido me asusta. Por otro lado ocupo un cargo, escribo columnas, colaboro en la Cadena SER, defiendo políticas muy progresistas y en seguida me ponen verde en las redes: “Ya está el viudo, ya está el viudo…“. Fíjate en lo que tiene eso de machista, porque la gente no considera una ofensa llamar viuda a una mujer que ha perdido a su marido, pero sí consideran una ofensa llamar viudo a un hombre que ha perdido a su mujer, sobre todo si era una mujer importante. Yo lo que siento es orgullo y digo: que poco comprendéis la vida a la que yo pertenezco y qué poco daño me vais a hacer desde vuestro mundo machista si me llamáis viudo. Si me llaman viudo estoy encantado. También me dicen pesebrero sin saber que al dejar mi sueldo de catedrático y me hicieron secretario de Estado renuncié a cobrar muchas cosas, como conferencias o colaboraciones con medios, por respeto a lo público. ¿Me llaman pesebrero? Pues bueno, es la dinámica de los que quieren identificar la política con la ganancia, la corrupción y el dinero. Por eso jode tanto que haya políticos que caigan en la corrupción, porque ayudan al pensamiento de extrema derecha que quiere degradar la convivencia pública, la democracia y se lo ponen fácil identificando política con corrupción. ¿Me llaman viudo? Qué machismo identificar al viudo con alguien que no mantiene los valores de la masculinidad por encima de su mujer. Me siento muy orgulloso de ser el marido y viudo de Almudena Grandes y me siento muy orgulloso de estar cobrando ahora menos como cargo público que como catedrático y escritor.

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